martes, 31 de mayo de 2011

1938 La revista "Ímpetu"


Portada de la revista "Ímpetu", nº 1 de octubre de 1938
   En el mes de octubre de 1938 aparecía en Barcelona una nueva revista. Editada allí por la Delegación General de Carabineros, Cultura, Propaganda y Prensa, la revista Ímpetu tan solo publicó este número de octubre de 1938. Su encuadernación atípica en espiral y con páginas totalmente ilustradas con fotografías impactantes de gran formato de rostros de Carabineros tomadas con una iluminación de mucho contraste, e ilustraciones de Mallol y de Durban, tenía el objetivo de mostrar principalmente el heroísmo de los Carabineros y de la guerra en Catalunya, y animar a la resistencia como sucedía en Madrid ante la inminente entrada de las tropas nacionales en territorio catalán.
   Su editorial de presentación es buena prueba de ese ánimo y un canto a las excelencias de la tierra catalana y los catalanes:

   Sobre la augusta belleza de esta tierra catalana se cierne con insaciable voracidad la amenaza y la muerte. Las montañas ruedan ecos temerosos, en los valles se angosta el espanto sonoro, el mar palpita con estremecimientos hasta ahora desconocidos: es el empuje de los modernos bárbaros. Pero de la tierra, brava y dulce a la vez, teñida ya de sangre española, donde tantas cosas han caído y enterrado sus semillas, se alza un ardor denso, como de voluntad de vida. Los hombres y las piedras que la componen tienen la gravedad de quien soporta siglos de grandezas, y en el afán de las ciudades late el signo de cien ilustres épocas.
   Cataluña está aquí, encendida, firme, serena. Oreada de brisas de altura, fluyente de aguas purísimas, ensordecida de mil afanes, verdegueante de campiñas de ensueño, entre el humo y la niebla dormidos, perdida, como niño de cuento de hadas, en sus bosques rumorosos y densos, remansada en sus esmaltadas planicies únicas, amada del mar, del mar blanco y azul, tejido de rutas milenarias, por donde un tiempo, a lomos de naves inconcebibles de luz y de belleza, vino hasta nosotros la civilización.
   Cataluña ibérica o fenicia, griega o cartaginesa, romana o goda, carlovingia o estatutaria, en los tiempos pretéritos y en los presentes, con aquellas monarquías o con esta República amó sobre todas las cosas la libertad. La libertad, que era como la sublimación de ella misma, de su personalidad acusada y fuerte. ¿A qué acudir a la emoción de su historia, de todos conocida, cuando ahora mismo el sedimento de universalidad, ininterrumpido y solemne, se está afirmando sobre la tragedia y el crimen? Cataluña eral el pueblo que había entrado resueltamente a la cabeza de las regiones españolas, como entidad histórica, por las amplias avenidas del progreso, en donde se ha encontrado ahora, animados por una fiebre redentora, todos iguales, fundidos en un mismo dolor, a los demás pueblos hermanos. Cataluña se ha buscado entre ellos, se ha encontrado a sí misma.
   Antes que a Cataluña habían llegado a Madrid las turbias oleadas de la traición, de la codicia y del exterminio. Pero Madrid estaba preparado y alerta. Bajo su aparente frivolidad, que luego resultó la serenidad del más sublime heroísmo, discurría el copioso caudal de una voluntad invasallable. No en balde había prendido allí, como en ninguna otra parte de la Península, el sentido humano de la doctrina que hace estremecer a los pueblos. Cataluña no ha querido ser menos y, llegada su hora, ha sabido descifrar el ejemplar enigma y aplicar sus genuinas corrientes de civilidad a la total faena emancipadora. En la adversidad y en el tormento, la serenidad y la abnegación se han hecho cristal, de las más limpias aguas.
   De los helados yermos de la guerra llega hasta aquí el viento huracanado que todo lo caldea y lo convierte en yesca. Cruje la tierra tendida entre el mar y la montaña, como vientre cálido y fecundo de diosa latina, con aroma de mosto y sabor de mieles dulcísimas, sobre las que no pueden caer las manos de la aullante facción, que se consagró a divinidades siniestras, ni del Moisés deshumanizado y desvirilizado que llegó en su locura a prometérsela. La vieja tierra en donde las reminiscencias medievales tienen un sabor lejano y vencido. La vieja tierra salpicada de arte secular, y en la que florecen las nobles trazas de monasterios, conventos y abadías, porque siempre fue rica y fecunda, y desde cuyos corredores y sonoras estancias, en las que ha entrado hace poco la espiritualidad, verían llegar los orondos abades, sin ningún sobresalto, el oro del otoño, y desde donde los payeses de hoy, cuya figura parece venir de aquellos nebulosos tiempos, echan miradas de desconsuelo y rabia, pensando en la resistencia de los muros centenarios y de las piedras filigranadas, en la altura de las cotas que hasta ayer fueron suaves colinas de égloga, en la capacidad de camouflage de las verdes ramas, de las que solo sabían entender la promesa de su sazón, en la siniestra vertical de las ciudades que fueron emporio de prosperidad e hidalguía… Todo conforme al código de los asesinos de la belleza.
   ¡Buena cosecha para tan toscas manos! Sol y nieblas, montaña y mar, aire embalsamado y cantarinas aguas, dulces frutos y acogedoras arquitecturas. Y, sobre todo, algo que ellos quisieran ajar en su rabia impotente: lo substancial y perenne; libertad y lenguaje, riqueza folklórica, amor ilimitado a la vida, alto y noble sentido de lo que es bello en el mundo. Todo para lo que no pueda existir la muerte, porque está por encima de la propia muerte y aun de la vida. No lo lograrán, no pueden lograrlo. Por eso, ante la imposibilidad de la bestial profanación, siembran a voleo la muerte. Los altos valores universales y eternos siguen en pie, pero caen existencias humildes y se destrona el arte, y se sumen en estampido, horripilantes y en polvo acre y negruzco, del que saldrán escalofriantes mutilaciones, las calles de los pueblos de Cataluña, sus factorías industriales, los lugares donde tienen su natural asiento la inteligencia y la cultura, exponentes acabados todos de la capacidad de un pueblo que bien supo crearse un elevado nivel de vida.
   Todo se tambalea y se hunde: casas, templos, universidades, rientes pueblecitos costeros, ciudades del interior, europeizadas avenidas y vetustas y melancólicas callejas, densas de población, sombrías como la memoria del mundo, en las que parece haberse quedado estancados el Tiempo y la Historia.
   Cataluña, como el resto de España, no tiene ya manos con qué acudir a tantas llagas abiertas, y después de otear angustiada todos los malos vientos, en esta soledad impresionante en que nos ha dejado abandonados el civilizado occidente, afirma su ceño altivo para fuera, mientras dentro sonríe, con una gracia nueva en la trágica aurora a que la ha arrastrado su destino.
   En esta seguridad, en este apretar de dientes y de codos, en esta recién estrenada clara y noble idea de la solidaridad patria, que es la afirmación de su independencia y de su perpetuación en el devenir humano, tiene que agostarse, sin temor a nuevas florescencias, la planta envenenada de la incomprensión y el desamor, herméticos y fríos. Y que el sentimiento nobilísimo que siempre animó a los habitantes de esta tierra magnífica, sea lazo que una para grandes y comunes empresas y nunca refugio en que alimentar descarriadas ideas de sombríos atavismos, en los cuales la larga noche de la Historia que fue la Edad Media se nos antojaría mediodía luminoso y blanco.
   Cataluña está aquí. Como correspondía a su rango ha sabido encontrarse. Ya no hay ningún temor. Seguirá siendo lo que era. ¡Adelante por todo, Cataluña! Canta y muere, pero resucita. ¿Acaso no es esto como el albor de una nueva vida en una nueva tierra prometida?

   El haber publicado ese único número en octubre de 1938 y tener muy presentes a los Carabineros, fue el momento oportuno para hacerse eco del fusilamiento de Federico Angulo, ejecutado en Burgos el día 3. Y de esta manera daba la revista su último adiós a Angulo:

Despedida a Federico Angulo en "Ímpetu"

     ¡Pasión y muerte de Federico Angulo!
     Pocas palabras pueden ser añadidas a las que, traspasadas de dolor, han sido dedicadas al héroe, en la prensa de estos días, por algunos sus ilustres amigos. Pocas que no sean la repetición desconcertante de la tremenda e irreparable desventura: Federico Angulo ha sido asesinado... Los otros, después de proclamar que se trataba de un auténtico caballero español, decidieron, sin duda que por eso, que no siguiera siendo. Estorba a su bajuno servilismo todo lo que sea noble, independiente y altivo.
     Federico Angulo ha caído para siempre ante el automatismo de los fusiles en que necesita apoyarse la traición. Los fusiles que en las finas y frescas madrugadas, sobre los muros de los cementerios, en todos los lugares levíticos y enajenados de la zona negra, van suprimiendo metódica y heladamente las existencias ejemplares que, como la de Federico Angulo, dan la lección suprema de su grandeza y de su generosidad. La altivez reconcentrada y suave –un poco escéptica, un poco melancólica- del fusilado, no habrá cedido ante el piquete de ejecución. Habrá mirado con estoicismo desdeñoso a la muerte. Como a una antigua conocida con quien tendría que encontrarse en cualquier hora solemne.
     De nada han servido los esfuerzos para salvarle. Cada día desde agosto de 1937 ha amanecido para él con la renovación de una sentencia de muerte pronunciada, una sentencia alargada increíblemente más de un año y que ha puesto tribulación y espanto en nuestro ánimo más que en el del condenado. Ya se ha acabado todo: la esperanza de su vida y nuestras impacientes preocupaciones. Conocían los traidores cuánto valía la presa, y no consintieron soltarla. Bravo, inteligente, entero como pocos. Además, socialista y Teniente Coronel de Carabineros. Aquello, por su vigoroso pensamiento y su delicada emoción, que no le cabían en la cabeza y en el pecho; esto, por su valor sobre los campos de batalla, por cuyas indecisas líneas paseó, su figura de leyenda. Con ese bagaje llegó al Norte para organizar Brigadas de Choque de Carabineros, al frente de las cuales, pegado a la tierra de cuya defensa hizo su deber y su destino, le tomó el enemigo. Con toda la dignidad de hombre y de militar intacta. Un Capitán asturiano, evadido recientemente del otro campo, y que con él hizo la breve y dura campaña de aquellos días, está asombrado aún de lo que él llama la pasmosa serenidad del Teniente Coronel Angulo. Y relata que al ser hechos prisioneros, Angulo, dueño de toda esa serenidad de la que él solo podía hacer gala, únicamente puso sobre el dolor de la situación esta rúbrica emocionante: “Hay que morir como se nace: de cara a la vida”.
     Esta fue su última arenga de jefe ejemplar. Su muerte es una gota más en la charca de iniquidades en que acabará ahogándose la traición. Una gota más que dejará su huella perennemente sobre la tierra. La buscaremos cuando toda España esté limpia y resplandeciente. Para afirmar sobre ella nuestras viejas creencias y nuestras eternas resoluciones. Y para sentir allí mismo, al borde de la tapia, sobre la verde pelusa brotada de su sangre generosa, la sencilla lección: la lección del hombre que murió de cara a la vida.

   Completaba ese número una pequeña historia del Cuerpo de Carabineros, un artículo sobre la Marina de la República, de la batalla del Ebro y pequeñas notas de actualidad, todo ello ilustrado con impactantes fotos de Carabineros anónimos.
   Nuestro agradecimiento a las hermanas Lamoneda que desde México nos pusieron sobre la pista de este documento y facilitaron su localización. El destino hizo coincidir la desaparición de Angulo con el de la revista Ímpetu, que como decíamos, con ese número 1 moría definitivamente.

2 comentarios:

  1. Exite un número extraordinario de la revista ÍMPETU publicado en Enero de 1939. No sé por qué motivo las reseñas que encuentro sobre esta publicación siempre hablan de un sólo número aparecido. Un saludo. Pablo Labarga

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  2. En referencia al comentario de Pablo querríamos dejar constancia que, en primer lugar, desconocíamos completamente la existencia de ese número de enero de 1939, y seguidamente que, al referirnos a éste como único número aparecido de "Ímpetu" lo hicimos, seguramente de manera no del todo exacta, por ser el único de esta nueva etapa de la revista, editada en Barcelona, que sale con la referencia de "Octubre 1938 - Número 1". Anteriormente, pero editada en Madrid y en el mismo año y el anterior, sí que aparecieron más ejemplares. Por haberlos consultado personalmente, conocemos los siguientes números:

    - 15 de enero de 1938 (Año II - nº 5).
    -1 de febrero de 1938 (Año II - nº 6).
    -15 de febrero de 1938 (Año II - nº 7).
    - 1 de junio de 1938 (Año II - nº 8).

    Que sepamos, aparte del nº 1 de 1 de noviembre de 1937 existente en la BNE, no se conservan el resto de números del Año II y ninguno del Año I.

    Muchas gracias por el comentario, Pablo, y si tuvieras constancia de dónde podría consultarse ese número extraordinario te lo agradecería. Saludos

    Jose

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