miércoles, 9 de mayo de 2012

1936 Una larga noche de julio



Teniente José Castillo
   Anochece ya en la capital. Son las últimas horas de un caluroso domingo de julio que contempla a una pareja casi recién casada pasear por la ciudad de vuelta a casa. Todavía no lo saben en ese momento, pero están esperando un hijo. A pesar de tener ella la intención de acompañar a su marido, que ha entrar de servicio en el Cuartel de Pontejos, él la hace desistir en su empeño. No desea que su mujer tenga que volver sola a casa y se despiden en un portal de la calle Augusto Figueroa. Hace tan solo cuatro meses que ha ingresado, por petición propia, en el Cuerpo de Asalto, donde ha quedado encuadrado en la 2ª Compañía de Especialidades. Atrás ha quedado su pertenencia al Arma de Infantería, su participación en la guerra de Marruecos con los Regulares de Tetuán nº 1, su condena a un año de prisión militar por negarse a disparar sobre el pueblo a raíz del levantamiento de octubre de 1934… En estos momentos está afiliado a la Unión Militar Republicana Antifascista y es instructor de milicias de las Juventudes Socialistas.
   Ese 12 de julio, Consuelo Morales no podía imaginarse que aquella sería la última despedida. El teniente de Asalto José Castillo, tampoco lo hubiera hecho, a pesar de que desde hace un tiempo, concretamente desde el entierro del alférez Anastasio de los Reyes en el mes de abril, viene recibiendo anónimos amenazadores. El disparo que Castillo realizó sobre el joven tradicionalista Luis Llaguno, al que hirió gravemente pero no mató, como se ha relatado posteriormente, es el motivo.
   El pequeño tiempo transcurrido y la escasez de los metros de distancia que el teniente ha recorrido, permiten que Consuelo llegue a percibir el sonido de varios disparos desde las dependencias de su casa. Su marido tan solo ha tenido tiempo de llegar a la confluencia de su calle con Fuencarral, de persignarse frente a la capillita existente en esa esquina levantada dos siglos antes en honor a la Virgen de Nuestra Señora de la Soledad y comenzar a cruzar Fuencarral para dirigirse a la Puerta del Sol. En ese momento es cuando le alcanzan los disparos efectuados por varios desconocidos, y herido de muerte, el taxi en el que ha sido introducido y que pretende llegar a tiempo al Equipo Quirúrgico de la calle de la Ternera no consigue su objetivo. Los médicos de guardia, Moreno Butragueño y Tamames, no tienen más que certificar su muerte. Antes de medianoche, por disposición de su director, Alonso Mallol, el cuerpo del teniente Castillo ya se encuentra en la Dirección General de Seguridad.

Féretro del Teniente Castillo en la Dirección General de Seguridad


José Calvo Sotelo
   En un domicilio de la calle Velázquez no se tiene la menor noticia de lo que ha ocurrido unas pocas horas antes. Como cualquier otro día, toda la familia y el servicio se acuesta tras la cena. No han pasado ni tres horas desde la medianoche cuando se presenta una visita inesperada. El lógico sobresalto despierta primero a las criadas y después a toda la familia. En la calle permanece a la espera una camioneta, la número 17, de la Guardia de Asalto. Ante la puerta del domicilio, diversas personas de uniforme y otros de paisano apremian a que se les franquee la entrada.
   El capitán de la Guardia Civil Fernando Condés lidera el grupo visitante que bajo pretexto de tener orden de registrar la casa, ocupan la vivienda del líder monárquico y diputado propietario de la misma. La escolta ha confirmado desde su posición que los visitantes son guardias. Su mujer, Enriqueta Grondona, asiste conmocionada al atropello del que está siendo objeto su familia a horas tan intempestivas. La demanda de orden de registro no obtiene ningún resultado. Primero con corrección, después con más premio y nerviosismo, la petición de telefonear al Director de la DGS obtiene igualmente resultado nulo. Con objeto de tratar de tranquilizar a la familia, y con la confianza depositada por su inmunidad parlamentaria, Condés finalmente logra su objetivo de sacar de la casa al cabeza de familia tras enseñarle su documentación oficial de la Guardia Civil.
   La camioneta inicia el que sería el último trayecto de su ilustre pasajero. No han pasado demasiados metros cuando el sonido de un disparo se hace eco en el silencio de la noche. Luis Cuenca, perteneciente a un grupo de jóvenes socialistas conocido como “La Motorizada”, incondicionales de Indalecio Prieto, ha sido el brazo ejecutor. José Calvo Sotelo, el cadáver que yace entre los asientos de la camioneta y que poco después será depositado en una sala del Cementerio del Este.
Camioneta de Asalto en la que fue asesinado Calvo Sotelo

   El líder socialista Indalecio Prieto recibe la noticia en Bilbao. Inmediatamente se pone en camino y consigue llegar a Madrid la tarde del lunes, dirigiéndose directamente a su domicilio y sede del diario El Socialista, en Carranza, 20. Allí se encontrará con Zuga, con Condés, con Cuenca… Aunque con algún tiempo de diferencia, Madrid asistirá en la mañana del 14 de julio al entierro de los dos asesinados. Prieto forma parte del grupo presidencial en el sepelio de Castillo. En el de Calvo Sotelo, entre la muchedumbre que le da el último adiós se encuentra un observador, un periodista: Federico Angulo.


Entierro del Teniente Castillo
Entierro de Calvo Sotelo

   Tras el entierro y los altercados producidos seguidamente, Angulo da cumplida noticia a Zuga y a sus compañeros de El Socialista, y sobre las 7 de la tarde llega al Congreso de Diputados. Allí comenta detalles de lo que ha podido ver, tanto en la capilla ardiente como en el cementerio: el cadáver amortajado con el hábito franciscano, el crucifijo en su pecho, la bandera roja y gualda, las personalidades que presidían el duelo, las palabras ante la tumba del líder de Renovación Española, Antonio Goicoechea… “imitar tu ejemplo, vengar tu muerte, salvar a España”. Prieto también está en el Congreso. Le pide a Angulo que pase con él a la Biblioteca y le dé todos los pormenores de lo que ha visto y oído. Lo que él mismo experimentó en el entierro de Castillo, y lo que le contará Angulo en el de Calvo Sotelo, se traducirá en un artículo que se verá publicado en el diario El Liberal de Bilbao el 15 de julio:




   Madrid 14.- Jornada nerviosa la de hoy en Madrid, que se abrió y cerró sangrientamente. Se abrió con una refriega en las obras de la Ciudad Universitaria, a cuenta de la huelga del ramo de la construcción, y quedó cerrada con el tumulto en la parte más alta de la calle de Alcalá, provocado por quienes habían asistido a la inhumación del cadáver del señor Calvo Sotelo. Porque hoy se enterraron los cadáveres de las víctimas de ayer, como mañana se enterrarán los de las de hoy.
   Yo asistí esta mañana al acto de dar sepultura a los restos del teniente de Asalto D. José del Castillo. Sígame el lector en mis observaciones, y se dará cuenta de toda la hondura de la guerra civil que vive España. Son tan profundas nuestras diferencias, que ya no pueden estar juntos ni los vivos ni los muertos. Parece como si los españoles, aún después de muertos, siguieran aborreciéndose. Los cadáveres de D. José del Castillo y D. José Calvo Sotelo no podían ser expuestos en el mismo depósito. De haberlos juntado se habrían acometido ferozmente ante ellos sus respectivos partidarios, y al depósito le hubiera faltado espacio para la exposición de las nuevas víctimas.
   El cadáver del señor Calvo Sotelo quedó en el depósito general, y el del señor Castillo se llevó al depósito del que fue Cementerio civil.
   El cadáver del señor Castillo estaba custodiado por guardias de Asalto.
   El del señor Calvo Sotelo, por guardias civiles.
   Al primero le rindió homenaje una gran masa proletaria.
   Al segundo le escoltó hasta la fosa una legión de señoritos.
   ¿Se quiere una expresión que pinte con mayor patetismo el actual estado de España? Difícilmente podría hallarse otra más gráfica.
   Los odios de una y otra muchedumbres saltaban por encima de las tapias que acotan los dos recintos mortuorios. Acaso el choque de estos odios, al encontrarse en la atmósfera, sobre los muros, contribuía al ahogo, a la asfixia de una mañana de sol inclemente.
   Al pie de la sepultura de D. José del Castillo, mientras la tierra, lanzada a azadonazos, caía sobre el ataúd, recogí, en medio del silencio, saludos musitados al oído. Eran socialistas, compañeros de presidio que se veían por vez primera después de despedirse en el rastrillo de la prisión, cuando la amnistía, al otorgarles la anheladísima libertad, les dispersó.
   -«¿No has vuelto por Asturias, Antonio?»- oí que le preguntaban cerca de mí a un minero.
   -«No; únicamente he ido a Portugal a ver a mi madre. La pobre no llegó a saber que yo estaba preso. De haberlo sabido se hubiera muerto de pena, porque ya es muy vieja. Pero me las ingenié para ocultarle mi situación, y cuando me trasladaron al presidio de Chinchilla fingí en mi correspondencia con ella que estaba en aquel pueblo desenvolviendo un pequeño negocio. »
   La sombra de la represión de octubre pasó ante mí. De entonces arrancan muchas cosas trágicas. El asesinato de Calvo Sotelo recuerda tanto el de Sirval.
   Aquello de octubre fue una gran siembra de odios. De simiente sirvieron los hechos monstruosos de la represión, pero luego de echada en el surco hubo labradores celosísimos –los que encubrieron, premiaron y glorificaron a los asesinos- que pusieron todo su empeño en que la semilla fructificase. ¡Extraños agricultores estos que se duelen al ver cómo han florecido las plantas tan amorosamente cultivadas por ellos! Se duelen, pero reinciden. Por lo visto, aspiran a que no les alcance a ellos el tóxico de sus plantaciones venenosas.
   Me dicen que ayer ha caído el presidente de la Casa del Pueblo de Sigüenza. Otro más a la lista, una lista inacabable en la que figuran, como nombres destacados, Manuel Andrés, Juanita Rico, Faraudo, Castillo… Dado el sistema de ejecuciones, pueden –podemos- estar en capilla muchos sin saberlo.
   Camino abajo, después de enterrar a José del Castillo, vienen hacia Madrid los obreros, chaqueta al brazo. Cuando pasan frente a las arcadas del Cementerio general, topan con una barrera de guardias civiles a caballo, que parece la prolongación del muro que allí concluye. Detrás de los guardias montados se alinean grupos de fascistas que custodian el cadáver de Calvo Sotelo.
   Hay un cambio de miradas iracundas.
   He ahí, perfectamente simbolizada, la España de hoy.

INDALECIO PRIETO

   (Mi más sincero agradecimiento a mi amigo Jordi Pedrosa, siempre tan diligente con nuestras peticiones, que sin su ayuda no hubiera sido posible realizar esta entrada).


domingo, 8 de abril de 2012

1913 El servicio de higiene de San Sebastián

   Comentábamos en nuestra anterior entrada dedicada al Padre Orcolaga, que un joven de 19 años había comenzado a trabajar en la redacción del diario “El Pueblo Vasco” de San Sebastián, Federico de Angulo Vázquez. Afortunadamente, desde hace unos días podemos disponer de una pequeña muestra gráfica de ese hecho.

   En marzo de 1913, Angulo escribía un artículo acerca de los movimientos que desde hacía ya tiempo había iniciado el consistorio donostiarra de cara a la mejora del servicio de recogida de basuras de la capital mediante la adquisición de nuevos carros de limpieza y recogida de residuos. Para ello se desplazó a los pabellones de higiene que el Ayuntamiento tenía en el barrio de Amara, siendo acompañado de diversos concejales integrantes de la Comisión creada específicamente para la adquisición de ese nuevo material.

   En esa fecha se mantenía la legislatura que surgiera de las elecciones municipales del 12 de noviembre de 1911, cuyo gobierno municipal en San Sebastián quedaría integrado por:

   Alcalde: Marino Tabuyo Goitia

   Concejales:
   - Por el Distrito de Casa Consistorial: Camilo Ochoa de Zabalegui Badosa (nacionalista) y Lucas Zulaica Unamuno (republicano).
   - Por el Distrito Teatro Principal: Miguel de Urreta Echeveste (nacionalista) e Hilarión Sansinenea Lecumberri (republicano).
   - Por el Distrito de Ensanche Oriental: Francisco Solano Cordón (liberal) y Narciso Dolhagaray Picavea (de Juventud Republicana)
   - Por el Distrito Instituto: Manuel Domínguez Barros (liberal), Alfredo Camio López (republicano) y Javier Resines Troconiz (conservador).
   - Por el Distrito Mercado del Ensanche: Pedro Nerecán Celaya (republicano) y Horacio Azqueta Monasterio (liberal).
   - Por el Distrito de Atocha: Ramón Kutz Igarzábal (liberal).
   - Por el Distrito del Antiguo: Carlos de Uhagón Arizpe, Miguel María Aizpurúa Casares y Miguel Doaso Olasagasti (conservadores).

Nuevos carros de recogida de basuras adquiridos por el Ayuntamiento de San Sebastián

   Tras un primer informe aprobado el 4 de agosto de 1911 por el anterior equipo de gobierno, la Comisión del nuevo gobierno municipal en la que actuaban como ponentes Uhagón, Camio y Sansinenea consiguió que se aprobara en las sesiones municipales celebradas el 13 y 20 de marzo de 1912 la adquisición del nuevo material de recogida. La descripción de los nuevos carros nos la proporciona el propio Angulo:


   “Los cubos, que son tapados, tienen á modo de gancho en uno de sus costados; este gancho, se sujeta á una barra que está un poco más debajo de la boca por donde ha de arrojarse la basura; la tapa, que está sujeta al cubo por unas varillas en forma de bisagras, gira, dejando la boca de éste al descubierto y luego, hácese girar al cubo hasta que su boca encaje con una de las ventanillas circulares del carro y empujando un poco, esta ventanilla se abre hacia adentro, quedando el cubo boca abajo, es decir, vacío.
   Este es todo el mecanismo de la operación; el carro tiene tres ventanillas á cada costado, cerradas por una combinación de planos de hierro.
   Para desocupar el carro, hácese dar vueltas á un tornillo sin fin, por medio de varias ruedas dentadas, situado todo en la parte delantera del carro, cuya caja se inclina hacia atrás hasta que en la parte posterior toca en el suelo. Al tornillo sin fin va sujeto un cable que, á medida que la caja del carro se va inclinando, hace levantar la compuerta sujeta con visagras al techo del carro. Así, cuando el borde de éste toca en el suelo, se halla completamente abierto y el contenido resbala casi sin ayuda por las paredes de zinc.
   Los otros dos carros, son en líneas generales idénticos, solo que no son cerrados; pero están constituídos de tal forma, que si las pruebas, como se espera, dan buen resultado, con poca obra en ellos quedarán como el primero.
   El carro cerrado ha costado 1.500 marcos, y los otros dos 2.150 juntos.
   Los cubos, como ya sabrá el lector, son unos de 25 litros de cabida y otros de 35. El precio intermedio viene á ser 3.80 marcos.
   En total, todo lo gastado asciende á 7.521 pesetas”.



   La foto a la que hacíamos referencia fue tomada por el fotógrafo de Novedades, Seguí, en la visita que se realizó a los pabellones de higiene a primeros de marzo de 1913.

   De izquierda a derecha, aparecen:

    - Carlos de Uhagón, concejal del Ayuntamiento de San Sebastián, que a partir de la siguiente legislatura sería alcalde.

   - Federico de Angulo, redactor de El Pueblo Vasco.

   - Alfredo Camio López, concejal.

   - Marino Tabuyo, alcalde de San Sebastián, entre 1910 y 1913. Gran Cruz de la Orden de Mérito Militar y Comendador de Isabel la Católica, fallecería en marzo de 1920.

   - Manuel Domínguez Barros, concejal. Arquitecto de profesión, que fallecería en agosto del año siguiente, 1914, en El Escorial.

   - Hilarión Sansinenea, concejal.

   - (suponemos que se trata de Manuel Vidaur, jefe de la sección de higiene municipal).

   - Horacio Azqueta, concejal. Ingeniero de Caminos nacido en Irún, sería posteriormente diputado a Cortes por Guipúzcoa en 1918, 1920 y 1921.


jueves, 29 de marzo de 2012

1913 Orcolaga y el Observatorio de Igueldo


El Monte Igueldo, en San Sebastián


   Corría el año de 1863 cuando en la Villa de Hernani nacía Juan Miguel Orcolaga Legarra. El que andando el tiempo llegaría a ser conocido como “Vicario de Zarauz” ya desde pequeño se sintió interesado por la astronomía y os fenómenos meteorológicos, y comenzó a hacer pequeñas predicciones en su ámbito local acerca del tiempo. Tras su vuelta de un viaje a la Argentina, ingresaría en 1880 en el seminario de Vitoria, ordenándose unos años después, haciéndose cargo en 1893 de la parroquia de Zarauz.

   A pesar de su humildad y modestia, comenzó a ganar popularidad a raíz de la predicción acertada que dio sobre el temporal que azotaría las costas vascas el 15 de noviembre de 1900, y que gracias a él se evitara una catástrofe entre la flota pesquera del Cantábrico. Promovió la construcción de un observatorio en Guipúzcoa, y tras algunas disputas entre las Diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa acerca de su ubicación, en 1902 se abrió un primer y modesto observatorio en el Monte Igueldo, en la línea de costa de la propia capital donostiarra. Y tras la adquisición por parte de la Diputación de otra casa en el mismo barrio de Igueldo, se establecía definitivamente el Observatorio Meteorológico Marítimo en 1905. A partir de entonces, sus colaboraciones periodísticas se multiplicaron, mantuvo relación estrecha con la Sociedad Oceanográfica de Guipúzcoa, era continuamente visitado por personalidades, el rey Alfonso XIII entre ellas, y gente anónima a los que pedía firmaran en unos álbumes de firmas celosamente guardados por él, y sus opiniones eran continuamente requeridas por las flotas pesqueras de cualquier población costera.

   Acerca de sus predicciones, fruto de la observación y de los ingenios inventados por él, no hace mucho que hablábamos aquí sobre la catástrofe provocada por la galerna de agosto de 1912 en Bermeo. Pues bien, Orcolaga dió aviso acerca de ella, pero la imposibilidad de hacerlo a las embarcaciones que ya estaban en alta mar provocó el desastre que ya conocemos.
 
El Observatorio de Igueldo


   Poco después de esa fecha, a primeros de febrero de 1913, es cuando un joven de 19 años, Federico Angulo, conoce al Padre Orcolaga. Le hará una visita en el Observatorio de Igueldo y plasmará su experiencia en un artículo que publicaría en el diario El Pueblo Vasco, del cual extraemos algunos párrafos:

Juan Miguel Orcolaga
   Hemos querido ir á ver al padre Orcolaga, al antiguo vicario de Zarauz, para sorprender á este sabio modesto, tan modesto que por él nadie supiera de su existencia, en el momento preciso de sus estudios.
   Una buena tarde pasada, tarde de sol, tarde de primavera, poco después del yantar meridiano, emprendimos la larga y agria caminata desde el funicular hasta el Observatorio. Ibamos esperanzados ¿a qué negarlo? Ibamos esperanzados de encontrar allí todo lo que nuestra imaginación nos había hecho concebir; edificio confortable, bien dispuesto, gabinetes de trabajo espléndidamente dotados… Un poco incrédulos, atribuíamos los éxitos del padre meteorólogo, en gran parte á sus aparatos. Por que nosotros, profanos en todo cuanto á ciencia se trate, no podíamos concebir que un hombre pudiese predecir, los cambios de la atmósfera… y, sin embargo…
… Y, sin embargo, lector, así es… No te asombres; Orcolaga, el sabio modesto, austero, el hombre cuya vida es un constante desvelo en bien de sus hermanos, el hombre sabio que predice las galernas con trece horas de anticipación, el héroe obscurecido por su gran humildad no cuenta apenas con aparatos utilizables…
   Figúrate, lector amigo, un observatorio sin luz eléctrica, un observatorio sin pilas secas y sin acumuladores, un observatorio, en fin, en el cual sólo puédese emplear un Balógrafo, regalo del Rey, y un Anemo-Cinemógrafo, regalado por Mr. De Monabrison, gran admirador de Orcolaga. Los demás, los tres ó cuatro aparatos que hay, por la carencia de energía eléctrica, de pilas secas, de acumuladores, están inactivos…
   Orcolaga nos recibe en la puerta del edificio; la larga y empinada cuesta, que subimos sin descansar nos ha fatigado. En una salita modesta, que huele a humedad, nos sentamos.
   Viste el sabio maestro la ropa del sacerdote; á su cuello, arróllase una bufanda negra y toca su cabeza con un gorro circular de terciopelo. Sus cabellos grises salen por debajo del gorro, rebeldes y alborotados. Nos habla; pídenos mil perdones por su tartamudez. Y, con emoción honda, nos cuenta su vida de hombre de ciencia y hombre de fé.
   ¡Sus dos grandes amores! En su voz cascada y amable, percibimos algo grande que nos deja suspensos; al hablarnos, sus manos sarmentosas, obscurecidas, accionan, se extienden hacia delante, cual si quisieran abarcar el infinito.
   Por un instante, reconcéntrase nuestra atención en su mirada; es grave y profunda; á momentos, quédase fija en un punto del espacio, persistente, tenaz; entonces, su frente espaciada, desembarada, súrcase de arrugas; parece suspenderse la vida de este sacerdote; su voz, oscila… Luego, sonríe. Y sigue hablando…

El Padre Orcolaga, unos años antes
   -Padre –hémosle dicho- ¿puede usted explicarnos cómo conoce el tiempo que ha de hacer?...
   Orcologa sonríe; es su sonrisa como de lástima hacia el pobre profano que pretendía curiosear en el misterio de una ciencia profundísima…

   -Es difícil de explicar –nos dijo-. Lo conozco debido á una serie de cálculos en los cuales he refundido varios sistemas. El sistema más general, el Isobárico, que tiene como base principal las noticias telegráficas de otros observatorios, lo empleo muy pocas veces, ó, mejor dicho, ninguna… En mi sistema, de un eclecticismo científico muy vasto, entre otras cosas, tengo en cuenta los movimientos atmosféricos combinados, las alturas barométricas, y las absoluta y relativa, ambas estáticas. Luego… ya no puedo explicarle á usted más… para llegar á comprenderlo se necesitan ocho años de estudio.
   Por una empinada escalera nos conduce al piso alto; entramos en el despacho y allí vemos, sobre la mesa de trabajo, una revolución de libros y papeles, el teléfono, trozos de piedras raras, sacadas de algún picacho casi inaccesible…
   El sabio, nos muestra un rimero de papeles; y nos dice, puesta la mano sobre ellos:
   -Aquí está la explicación que usted me pedía; es una obra que, si Dios me dá vida, pienso terminar pronto; quiero demostrar como no son mis nervios, mi naturaleza, la que me indica las variaciones del tiempo… Todo es observación, cálculo, estudio; nada se debe al presentimiento. Cuando digo: “Hará buen tiempo”, “Se prepara la galerna”, han precedido antes muchas horas de estudio y de desvelo…
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Vista del Gabinete de estudio del Observatorio
   En efecto, subimos á lo alto de la casa; en una habitación desmantelada, se veían las tejas de la techumbre. Los cristales de una claraboya, estaban rotos, y en las partes sanas del techo, la humedad había hecho florecer vegetación… Dimos varios pasos para salir y un pié se hundió en un hoyo…
   -¡Esto es horrible! Exclamamos.
   -Subamos más, -nos indicó el buen Padre.
   Sobre la casa, han construido una garita, á la cual se sube por una escalera de caracol.
   -Mire usted… aquí hay poesía…
   La humedad había reblandecido las paredes y éstas, á trozos, desmoronadas. Junto al suelo, vimos un agujero que salía al exterior.
   El maestro, en este momento, tiene un gesto de melancolía, tal vez de desaliento, que nos impresiona hondamente. Sentimos y comprendemos el dolor de este hombre, consagrado á una grandiosa labor de humanidad, ante el murallón que se ha puesto la indiferencia de todos…
   Bajamos de nuevo al despacho; la noche viene rápidamente, y el Padre Orcolaga, enciende una vela. A su luz, nos muestra los dos albums de firmas, casi llenos. Podemos ver en ellos nombres ilustres, en las ciencias, nombres regios, como el de la infanta Isabel de Borbón. Nos invita á firmar, y avergonzados de estampar nuestro nombre donde tanta gente ilustre trazaron los suyos, accedimos al deseo que el humilde maestro nos expresó diciendo:
   -¿Hará usted el favor de honrarme firmando?...
   Firmamos, sí; el hombre hidalgo nos lo exigió con una frase amable; el varón humilde, buscó la mejor pluma y nos la ofreció con una reverencia… A nosotros, humildes periodistas ignorados por todos… Entonces fue cuando comprendimos la grandeza del alma, la modestia sublime, del maestro.

Imagen del libro de firmas del Padre Orcolaga

 
   Juan Miguel Orcologa fallecería el 22 de septiembre de 1914. Su funeral celebrado en la parroquia de Igueldo constituyó un notable acontecimiento, al que asistieron numerosas personalidades de la vida política, religiosa y popular de San Sebastián y provincia.


domingo, 18 de marzo de 2012

1918 La Asamblea de Municipios de Vizcaya

Ayuntamiento de Bilbao

  “Y llegará el momento que los españoles tengamos que llevar el revólver en la mano y contestemos a tiros a las provocaciones e insolencias de los separatistas.
   Día que, por las trazas, no se hará esperar…”

   Desde su posición en la redacción del diario bilbaíno Diario de Vizcaya, de esta manera finalizaba Federico Angulo su artículo el 20 de diciembre de 1918 en relación a los sucesos acaecidos el 15 de diciembre en el Ayuntamiento de la capital vizcaína tras la celebración de la Asamblea de Municipios de Vizcaya y posteriores sucesos en las calles de Bilbao.

Mario Arana, alcalde de Bilbao
   En diciembre de 1918 en el País Vasco se percibe una clara pretensión autonomista. Se celebran en diversos ayuntamientos sesiones extraordinarias para solicitar del Rey y del Parlamento la derogación de la ley sobre el régimen foral de 25 de octubre de 1839 y conseguir un estatuto similar al que en esos momentos se está estudiando para Cataluña. El mencionado día 15, se reunían un centenar de delegados que representaban a un total de 200 municipios de Vizcaya bajo la presidencia del alcalde de Bilbao Mario Arana. Ya desde sus inicios se vio que los ánimos estaban muy exaltados ya que nada más iniciar sus palabras el alcalde, un concejal republicano exclamó un ¡Viva España! que provocó algunas protestas en la sala. Tras el llamamiento de Arana “a los españoles y a los que quieren serlo” para pedir la derogación de la ley, nuevas protestas se sucedieron ante la intervención en euskera del alcalde de Elorrio y la consecuente petición de traducción de un asambleísta.

Gregorio Balparda
   Continuó la tumultuosa sesión con la intervención de Balparda. Gregorio Balparda había fundado un año antes la Liga Monárquica de Vizcaya, y su primer comentario fue hacer alusión a que no ondeara en el Ayuntamiento la bandera española: “Una Asamblea de Ayuntamientos españoles debe ser presidida por la bandera española”. Se sucedieron en la Sala gritos de “Gora Euzkadi” y vivas a España, lo que provocó un sonoro alboroto. Tras conseguir el alcalde que se hiciera una relativa calma, un nuevo comentario de Balparda, volvió a encenderlos: “Soy español, pero más vasco que nadie”, declarando además que había estudiado los fueros mucho mejor que los que gritaban, y la consecuencia inmediata fue el abucheo de los nacionalistas. Con la intervención del siguiente orador, el maurista Ramón Bergé, representante del municipio de Carranza y también fundador de la Liga Monárquica, se acabaron de encender los ánimos. Se unió a la protesta de la desaparecida bandera y apuntó que no saldría concordia de esta Asamblea porque allí sólo reinaba el odio. Las intervenciones del jaimista José Domingo Llona, de Bandrés y de Otazúa también estuvieron acompañadas de protestas, aunque menores, pero ya el punto culminante fue, después de la intervención del socialista Felipe Merodio, el que el alcalde impidiera que el maurista Julián Munsuri tuviera la palabra en la Asamblea y quisiera proceder inmediatamente a la aprobación de las conclusiones. Un griterío ensordecedor y enérgicas protestas de varios asambleístas, a la cabeza de los cuales estaba Balparda, fueron el resultado, y tras la proposición de aprobación de la primera conclusión, todos ellos salieron de la Sala, dejando atrás los gritos de “Gora Euzkadi” que atronaban dentro del Ayuntamiento. Aun así, el alcalde Arana leyó como pudo el resto de conclusiones y ante la petición de los republicanos de pasarlas a votación, Arana replicó, simple y llanamente, que quedaban aprobadas, lo que provocó ya un escándalo mayúsculo.
 
 
Ramón Bergé
  En la calle se fueron formando grupos, y comenzó a circular el rumor de que Balparda y Bergé obstaculizaban la aprobación de las conclusiones de la Asamblea, provocando un intento de asalto del Consistorio, a lo que se opuso la fuerza pública. Con las conclusiones aprobadas de una manera tan particular, el alcalde salió a hombros de varios jóvenes bizkaitarras y se dirigió hacia la Diputación para presentarlas, siendo acompañado de numerosas personas y de gritos de ¡Gora Euzkadi! y ¡Muera España!, quienes, al pretender entrar igualmente en la Diputación y encontrarse con la negativa de los guardias, replicaron con gritos e insultos, pasando a las agresiones en cuanto éstos simularon una carga contra los manifestantes. Llegaron a oírse disparos en la calle Epalza, y finalmente se consiguió disolver la manifestación tras practicar diversas detenciones.

    Pero el día no acabó aquí. Alrededor de las diez de la noche, se congregó un nutrido grupo en la Redacción del diario “El Pueblo Vasco” de la calle Ledesma nº 6, y pistola en mano, intentaron hacerse con los ejemplares del periódico, causando grandes desperfectos de la maquinaria y material en los talleres y realizando varios disparos. Tras salir, junto a la Hostería del Laurel, que igualmente sería asaltada, serían detenidos Sebastián Aristondo y José María Pradera. 
Juan de la Cruz, director de El Pueblo Vasco
   Tras la tumultuosa celebración de la Asamblea, Balparda y Bergé quisieron dejar constancia de su protesta a través de un telegrama remitido al ministro de Gobernación: “Nada significa que en la Asamblea de los Ayuntamientos de Vizcaya hayamos sido atropellados, ni tampoco es de la mayor importancia que por haberse negado la presidencia a la votación nominal, la voz del país haya sido ahogada por un pucherazo. Pero el hecho de que el alcalde de Bilbao haya invitado a los Ayuntamientos y convocado una manifestación separatista, que amenazaba durante la deliberación asaltar la Casa Consistorial y profería amenazas de muerte contra quienes defendíamos la autonomía bajo la unidad nacional, con la que toda Vizcaya, salvo unos locos o unos malvados está conforme; y que ese mismo alcalde enarbole en la Casa Consistorial una bandera que no es la de España, ni la de Vizcaya, ni la de Bilbao; y se ponga al frente de una manifestación sediciosa alentando a los fanáticos que hacían resistencia a los agentes de la autoridad, con la seguridad de que pronto serán ellos el Poder que dé los cargos gubernativos, evidencia que ni la seguridad de las personas, ni el respeto a la ley, ni el debido a los patrióticos sentimientos de este país, ni el decoro de Bilbao se hallan garantidos con este alcalde”. Amalio Gimeno, ministro de Gobernación, contestó que el Gobierno “resuelto a reprimir actos ejecutados fuera de la ley, sabrá prontamente aplicar las medidas necesarias”. En Bilbao, todos los periódicos protestaron por el asalto a “El Pueblo Vasco”, excepto Euzkadi, que en opinión de “Diario Vasco”, “no solo no protesta de los vergonzosos sucesos desarrollados el domingo por la chusma sotista, sino que ni siquiera se digna dar cuenta a sus lectores de ciertos pormenores que demuestran bien a las claras lo que son, lo que hacen y lo que puede esperarse de una situación planteada a gusto de los nacionalistas”.
Conclusiones de la Asamblea
   Como era previsible, desde Madrid se ordenó la destitución del alcalde de Bilbao Mario Arana, que sería procesado por los sucesos ocurridos en la Asamblea, y finalmente, el domingo 22, como acto de reconocimiento a Balparda, Bergé, y el director de “El Pueblo Vasco”, Juan de la Cruz Elizondo, se celebró un banquete en Archanda en su honor, al que asistirían cerca de mil comensales.

   Sucintamente, esta fue la historia de aquellos sucesos. Sin embargo, nos queda plasmar la opinión acerca de ellos de Federico Angulo, que mantiene una posición claramente españolista, condenando los hechos y la postura nacionalista de los bizkaitarras. Menciona a Indalecio Prieto, diputado por Bilbao y antiguo compañero en el diario “El Liberal” de Bilbao, que mantenía la creencia de que “lo ocurrido allí no tiene la menor importancia. Fue una de las muchas algaradas que suelen promover los nacionalistas vascos, y a las que nunca se les ha dado la trascendencia que quiere dárseles ahora. He leído que al Gobierno le preocupa más lo de Bilbao que lo de Barcelona. No sé si la noticia será exacta; pero, si lo es, me parece totalmente absurdo. Lo que sucede en Cataluña es lo verdaderamente grave, lo que debe preocupar de veras al Gobierno, aunque él lo niegue. Lo ocurrido en Bilbao, si se compara con lo que puede ocurrir en Barcelona, es una cosa insignificante”.

Indalecio Prieto
   Sin embargo, sí tuvieron consecuencia dichos sucesos. Tan sólo diez días después, el 7 de enero de 1919, se fusionaban las fuerzas monárquicas vascas, creando la Liga de Acción Monárquica, que estaría regida por Gregorio Balparda, Ramón Bergé y Luis Salazar Zubia, y que pretendería hacer frente único contra los partidos nacionalistas-separatistas. La segunda consecuencia directa se plasmaría en el mes de mayo en el denominado Pacto de Ortuella, en que se decidiría la alianza de la Liga con los socialistas vizcaínos liderados por Indalecio Prieto para intentar y conseguir derrotar a los nacionalistas en Bilbao, Valmaseda y Baracaldo.

   En principio Angulo está de acuerdo con el líder socialista, pero no lo acaba de tener tan claro. En las descalificaciones empleadas parece seguir la opinión de Prieto, que declaró ser “un enemigo acérrimo y declarado del nacionalismo vasco, porque representa un espíritu rural y reaccionario”. Recordemos que en estas fechas de 1918, Angulo todavía no pertenece al Partido Socialista. Su estrecha relación con Prieto no se produciría hasta años después. Y al final, un párrafo que parecería premonición, aunque no llegara a ser por cuestiones separatistas. El artículo de Angulo dice así:


POLITICA VIZCAINA
ESPAÑOLISTAS Y BIZCAITARRAS

LA IMPORTANCIA DE LOS SUCESOS

    Don Indalecio Prieto, diputado a Cortes por Bilbao, ha negado importancia a los sucesos ocurridos en esta villa el domingo pasado. Considera el señor Prieto que se trata de una algarada más de las que tan frecuentemente provocan y alientan los elementos bizcaitarras. Es muy posible que el diputado socialista tenga razón; si examinamos con algún detenimiento los componentes de la Asamblea de Municipios y de la manifestación subsiguiente, desde luego hemos de coincidir con el señor Prieto: aquello no fue otra cosa que una indigna mojiganga.
      Porque en la Asamblea de Ayuntamientos, fuera de los Sres. Balparda, Bergé, Munsuri y algunos representantes de las Encartaciones, ¿qué gente hubo? Aldeanos que no comprenden otra cosa que sus mezquinos intereses, vendidos a los nacionalistas porque éstos son los que les pagan bien los votos en las elecciones y ejercen un indigno caciquismo desde la Diputación provincial. Seres torpes, que acudieron a la Asamblea, no a deliberar serenamente y decidir los destinos de los pueblos por ellos representados, sino obedeciendo la orden del amo, bien aprendida la lección, sumisos a la voz de mando que había de indicarles cuándo debían aplaudir y cuándo lanzar sus «goras».
     Estos aldeanos -«jebos» se les llama aquí- se excedieron quizá en sus demostraciones hostiles. Estaban justamente indignados. Se les había anunciado una comilona, y ellos veían que, por el «afán de hablar» de los señores Balparda y Bergé, comerían tarde. O quizá, como domingo, cerrasen los establecimientos y no podrían comer. Y esta es la más grave ofensa que al aldeano puede inferírsele; su estómago es sagrado. De ahí la inquina con que mandaban callar a los oradores. No les importaba que defendiesen a España o al moro Muza; todo eso es griego para ellos. Lo que les hacía salir de sus casillas es que pasaba la hora de la comida y aquello no tenía trazas de concluir. La prueba está en que la Diputación había dispuesto un refresco para 200 personas y no llegaron al palacio provincial más que 18 representantes. Los aldeanos, tan pronto como se vieron libres, corrieron en pos de la pitanza, sin dárseles un ardite de las conclusiones ni de los «goras», ni del irredentismo vasco…
     En cuanto a la manifestación, se han dicho muchas inexactitudes por algunos corresponsales vendidos al oro filibustero. En ella no tomaron parte elementos de toda Vizcaya, como se ha afirmado con sin igual desfachatez. Algún elemento de «Juventud vasca» y los obreros de la factoría de Sota, «Euskalduna». Un puñado de asalariados (obreros de Sota y empleados de sus escritorios) que se hartaron de gritar cuanto les vino en gana contra España y los españoles, con el beneplácito del a estas horas ex alcalde, que los presidía complacido.
     Véase, por las muestras, si tuvieron importancia los sucesos. Pero si es verdad que fue escasa por los elementos que fueron sus promotores, también es cierto que, como síntoma, merece concedérsela grande. Los perdonavidas y los asaltadores de periódicos y los apaleadores de indefensos camareros empiezan a campar por sus respetos. Individuos de antecedentes criminales –como uno de los detenidos por el asalto de «El Pueblo Vasco»- tienen cobijo en ese Partido que apadrina hordas salvajes como ese grupo denominado «Los de Achuri», mantenedores del desorden y capaces de cometer las más inicuas tropelías.
     Tiene importancia lo ocurrido, porque las personas de orden y la que no lo son, pero que sobre todas sus divisiones partidistas ponen el amor a España, no están seguras. Llueven anónimos sobre los más significados españolistas, conminándoles con terribles venganza; hacen alarde de su fuerza, porque aquellos puestos que debieran ser garantía para el ciudadano (la Alcaldía, la Presidencia de la Diputación) están en manos de hombres suyos; porque dicen que los millones de sus ricachos pesan demasiado en Madrid, y a su agobio se inclinan ministros y administradores de Justicia.
     A estas gentes hay que darles una ejemplar lección. Es preciso convencerles de que no se puede atentar impunemente a la propiedad y la vida de las personas sin que un Código caiga sobre ellas; que no se puede expresar públicamente un odio africano a la patria sin que el castigo venga inmediato; que para algo hay Guardia Civil, y Policía y, en último extremo, Ejército.
     De no obrar así, los sucesos del domingo se repetirán una y mil veces, cada vez con más graves caracteres. Y llegará el momento que los españoles tengamos que llevar el revólver en la mano y contestemos a tiros a las provocaciones e insolencias de los separatistas.
     Día que, por las trazas, no se hará esperar…
F. de Angulo Vázquez
Bilbao, 20 de diciembre de 1918

sábado, 25 de febrero de 2012

1938 La Prisión Central de Burgos

   Hace ya un tiempo iniciábamos una serie temática que desgraciadamente, hasta el momento, eso sí, quedó en una única entrega. Aquí va la segunda y confiamos en que haya muchas más. La titulábamos “Espacios vitales”, y su intención era la de acercar gráficamente y en su misma época, lugares en los que Federico Angulo vivió a lo largo de su vida.

   Hoy nos referiremos al que sería el último lugar, el último “hogar” de Angulo, las imágenes últimas que se llevó de esta vida. Se trata de la Prisión Central de Burgos.

Fachada principal de la Prisión Central de Burgos

   En plena República, el 31 de julio de 1932, se inauguraría este Centro penitenciario situado a las afueras de la ciudad de Burgos, en la carretera de Villalar. Diseñado por Alvarez Mendoza, se encargó de la dirección de las obras el arquitecto Vicente Agustí y la construcción corrió a cargo del contratista Severiano Montoto. En la fecha mencionada, el Director General de Prisiones, Vicente Sol, junto con diversas personalidades de la capital burgalesa, entre ellas su alcalde Perfecto Ruiz, acudieron al nuevo Centro para llevar a cabo el acto simbólico de entrega por el Gobierno del nuevo edificio. Su primer Director sería Antonio Mur y el administrador Lucas Sánchez.

Personalidades que acudieron al acto. Entre ellas los señores Sol, Agustí, Vega, Mur, Sánchez y Montoto
    La Prisión Central de Burgos mereció en sus inicios elocuentes calificativos: “Gigantesco, pétreo, con severidad que no excluye bellezas arquitectónicas, un Establecimiento penitenciario sin par en España y quizás en Europa”, firmaba el editorial de “Vida penitenciaria”. El gobernador civil de Burgos, Ernesto Vega de la Iglesia opinaba que “el edificio es magnífico y las condiciones higiénicas para los desgraciados que han de habitarlo, insuperables”, percepción que debió resultarle harto significativa a pesar de que se tratara de un edificio todavía por estrenar…

Perfecto Ruiz, alcalde de Burgos
    La que no tuvo desperdicio fue la del alcalde Perfecto Ruiz, que veía “en todo preso al hombre que la falta de instrucción, la miseria, el ambiente, el mal ejemplo u otras causas, tales como la deficiencia mental, han hecho un desgraciado o un anormal”, aunque disculpaba “enfermo o delincuente, el preso es un hombre”. Faltaría saber qué pensaría el alcalde acerca de los presos políticos, que serían en gran medida los futuros y próximos inquilinos del Centro, que desde octubre de 1934 pasaron a engrosar las listas de reclusos allí encerrados. Incluso en julio de 1936, Azaña decretaba bases específicas para los presos políticos y sociales en aquel Centro. Eso sí, los “anormales” que calificaba el alcalde que fueran recluidos allí “podrán admirar las bellas puestas de sol de esta vieja Castilla y hará más llevadera la vida de los desgraciados que sufran penas aflictivas”. Perfecto Ruiz Dorronsoro integraba las filas de Alianza Republicana como parte de la conjunción republicano-socialista y obtuvo acta de diputado por Burgos en las elecciones de junio de 1931. Se mantendría en la alcaldía de Burgos hasta 1934. Durante y pasada la guerra civil, no sabemos si él mismo tendría que ser uno de los “anormales o enfermos” que por causas políticas tuviera que ingresar en alguna de las cárceles del nuevo Régimen. Moriría en 1945.
   Y Antonio Mur, el que sería primer director de la Prisión, veía en ella “un edificio lleno de luz, de sol, con un amplio toldo de purísimo azul, un edificio donde se ha alejado el deseo de venganza y de tortura, un edificio trazado con sentimientos de humanidad y de amor al prójimo”.

Vista interior de la Prisión
Una de las galerías de la nueva Prisión
  
   Físicamente, “el recinto está compuesto por un cuadrilátero rodeado por un alto muro exterior con garitas en las esquinas. Existe un patio central, en torno al cual se organizan las celdas, el comedor, la escuela y la capilla. Los servicios médicos y los talleres se sitúan en paralelo al patio. En el exterior, aparecen las oficinas, el puesto de guardia, el archivo y las viviendas de los funcionarios”.

   Como decíamos, dichas manifestaciones acerca de la comodidad e higiene tendría una base teórica en un principio, mucho menos práctica después. Diseñado para albergar alrededor de 850 presos, durante la guerra alcanzó un número próximo a los 4000. Como indica Isaac Rilova, en el verano de 1938 "el pozo que abastecía el penal quedó bajo mínimos, por lo que se acordó no hacer limpieza de dormitorios excepto enfermería y cocina. Se prohibió taxativamente regar los jardines y patios y el uso de retretes, colocando bidones de chapa en todos los dormitorios para las necesidades de los presos”. Entre 1936 y 1941, 293 reclusos fueron fusilados “legalmente”, casi 400 desaparecieron tras su puesta en “libertad” (paseados) y 359 murieron entre sus muros por enfermedad.

Patio central de la Prisión de Burgos

   Es precisamente en esa fecha de 1938 cuando Federico Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos: «Ingresa procedente de la Prisión provincial de Bilbao con orden telegrafica y numerica de la Superioridad, oficio y relación de la Prisión de origen que se unen al expediente de Ramón Abad Blanco. Se participa al Centro Directivo y citada Prisión», firmando la orden de ingreso el Director de la Prisión Central Marcos Jabonero López. Jabonero era un jienense de 56 años que a lo largo de su carrera había pasado por las prisiones de Ocaña, Zaragoza, Valencia, San Miguel de los Reyes… Tras ser subdirector de la Prisión Provincial de Bilbao, pasaría al Dueso en 1933, donde permanecería hasta febrero de 1937 en que sería nombrado Director de la Prisión Provincial de Burgos. A partir del 21 de julio de ese mismo año se haría cargo de la Dirección de la Prisión Central de esa misma ciudad. Siendo Inspector Regional de la II Zona, Jabonero moriría a los 74 años el 24 de enero de 1956.

   Como decíamos, Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos el 26 de julio de 1938. Le asignarán la celda nº 17, y gozará de la vida “paradisiaca” que creían sería allí los altos cargos el día de la inauguración seis años antes poco más de dos meses. Angulo llegaba a Burgos desde la Prisión de Larrinaga, en Bilbao, en la que había permanecido a lo largo de 306 días. El traslado de Bilbao a Burgos lo relata (publicado en “Gudaris y rehenes de Franco 1936-1943”) Ramón de Galarza: “A los demás nos trasladaron al mes siguiente (julio del 38) al Penal de Burgos, en vagones de transporte de reses, amarrados de a dos y en grupos de a diez, también atados de atrás adelante, y para llevarnos de la estación de llegada al Penal, unos cinco kilómetros de carretera polvorienta, todos en doble reata, atados además de atrás adelante por los brazos, desde el primero hasta el último, con chicotes de albañil, y custodiados por dos filas de guardias de asalto y guardias civiles por ambos lados y con el arma al brazo, listos para disparar, como si fueran a la caza de chimbos, ¡digno de reproducirse en cine, como ejemplo del trato que en el siglo XX se da a unos prisioneros de guerra, por unos señores que se llaman “cruzados” y católicos!

   Cecilio Arregui fue otro de los que convivió con Angulo. Así describía la Prisión: “El patio se hallaba enmarcado en un rectángulo por los edificios de las Brigadas. La entrada del exterior al patio tenía enfrente el edificio de la escuela, que sobresalía del resto de edificaciones con una torre y un gran reloj. Las Brigadas que formaban el rectángulo tenían planta baja y una alzada. En ésta estaban las Brigadas. La parte baja la ocupaban sobre todo servicios de economato, barberías, paquetes, sastrería, talleres, dos Brigadas y la de Higiene. El patio disponía de un porche corrido, como los soportales de las plazas de pueblo, con un banco de cemento adosado a las cuatro fachadas. Los portales de las Brigadas se situaban en los ángulos del patio”

   Muchos presos que vinieron de Larrinaga, vascos sobre todo, tuvieron que vivir las “excelencias” de la Prisión Central durante años. Angulo sólo durante dos meses y siete días, pero a pesar de ello, seguro que experimentó la sensación del día a día que describe Galarza: “Allí no te jugabas el castigo, te jugabas la vida. Un hablar en la fila, un no levantar el brazo al estilo fascista, el que en uno de los innumerables cacheos te encontraran un pequeño e insignificante cortante; lo que fuera, la más mínima falta acarreaba, según la categoría del delito, un mes o dos de celda solitaria a pan y agua… El patio de Burgos, 70x50 aproximadamente, enlosado todo él con baldosa áspera de cemento, en los días de verano, cuando estos desgraciados realizaban su trabajo a la madrugada, no tendría más de 6 o 7 grados. Y ¿en invierno? Tirar el agua y helarse a los segundos era lo normal… Sobre todo los tres primeros años fueron horribles. Los fusilamientos continuaron diezmando nuestras filas. La tuberculosis, el tifus exantemático (el piojo verde), la sarna y la locura se llevaron a muchos. El hambre ¡qué hambre, Dios mío!, los piojos, el frío espantoso en invierno, los calores asfixiantes en verano, el miedo, ¡las muertes! Salimos por fin con vida unos 200 de los 600 expedicionarios de la cárcel de Larrinaga al penal de Burgos”.

Otro aspecto interior de la Prisión Central de Burgos. El Salón de Actos

   La única visita que tendría Federico Angulo sería la de su hermano Luis y cuñada Rosa Montaño, entonces domiciliados en Vitoria: “Las visitas eran con dos rejas y un pasillo entre ambas, por donde paseaba el guardián. Una de las rejas tenía además una malla metálica a cuadros. A veces se conseguía que les dejasen a los presos pasar al pasillo y poder estar más cerca de ellos, con sólo una reja y la malla de por medio. Otras veces, por mediación de las monjas o dependiendo de la benevolencia del guardián de turno, nos dejaban quedarnos el tiempo que pasaba mientras entraba la siguiente tanda de familiares, por lo que podíamos hablar con ellos con más tranquilidad y sin barullo. Ese intervalo era bastante largo, porque antes de entrar otro grupo pasaban lista, y eso llevaba su tiempo. Después estaban las visitas especiales en un despacho, pero eran una excepción”. No sabemos qué tipo de visita fue la que tuvo Angulo, pero cumplimentada por el Jefe de Servicios de la Prisión, Eustaquio Muñoz, el 29 de septiembre se llevó a cabo el encuentro.

   Máximo Andonegui, también condenado a muerte pero que tendría la fortuna de serle conmutada la pena y finalmente saldría de la Prisión y de España (concretamente se establecería en Belgrado, al servicio del Gobierno Vasco) era uno de sus compañeros en la Celda 17. Angulo debió conocerle en Larrinaga y hacer amistad con él ya que en sus últimas disposiciones escribía que “el dinero en vales de la Prisión que dan en el Centro, entre los objetos que me recogieron al ser registrado, deben de ser entregados a Máximo Andonegui, en la Celda nº 17”.

Las "inmediaciones" de la Prisión. En uno de esos rincones debieron llevarse a efecto los fusilamientos

   El 2 de octubre, el Juez Militar Ramón Rodríguez firmaba la orden de ejecución de la sentencia, prevista para el día siguiente. El Secretario del Juzgado, en presencia del Juez, se encargaría de notificar a Angulo la orden, que se negaría a firmar, haciéndolo por él los oficiales de la Prisión Enrique Rivero Pérez y Juan Gutiérrez Moreno. Junto con un guipuzcoano de Oiartzun de 56 años, José Evaristo San Miguel Sáenz, y un bilbaíno músico militar de 45, Francisco Hernández Gaya, Federico Angulo sería fusilado a las seis y media de la mañana del 3 de octubre de 1938 en “las inmediaciones de la Prisión Central”, tal y como quedaba estipulada en la Orden de fusilamiento. El doctor Juan Coll, de 29 años de edad, certificó en el lugar del fusilamiento la muerte de Angulo, cuyos restos serían trasladados al Depósito Judicial, y el 4 de octubre de 1938 sería enterrado en el Cementerio de San José, correspondiéndole no una sepultura, ni un nicho, si no simplemente un número, el número de entrada 69. Sería uno más de los inhumados en la fosa común del mencionado cementerio, en cuya memoria se alza un merecido monumento en su recuerdo.

Monumento en el Cementerio de Burgos
       
   «El recuerdo del compañero que ha dado su vida heroicamente por sus ideales nos acompañará siempre y su apasionado amor a la libertad será para todos un magnífico ejemplo»