sábado, 25 de febrero de 2012

1938 La Prisión Central de Burgos

   Hace ya un tiempo iniciábamos una serie temática que desgraciadamente, hasta el momento, eso sí, quedó en una única entrega. Aquí va la segunda y confiamos en que haya muchas más. La titulábamos “Espacios vitales”, y su intención era la de acercar gráficamente y en su misma época, lugares en los que Federico Angulo vivió a lo largo de su vida.

   Hoy nos referiremos al que sería el último lugar, el último “hogar” de Angulo, las imágenes últimas que se llevó de esta vida. Se trata de la Prisión Central de Burgos.

Fachada principal de la Prisión Central de Burgos

   En plena República, el 31 de julio de 1932, se inauguraría este Centro penitenciario situado a las afueras de la ciudad de Burgos, en la carretera de Villalar. Diseñado por Alvarez Mendoza, se encargó de la dirección de las obras el arquitecto Vicente Agustí y la construcción corrió a cargo del contratista Severiano Montoto. En la fecha mencionada, el Director General de Prisiones, Vicente Sol, junto con diversas personalidades de la capital burgalesa, entre ellas su alcalde Perfecto Ruiz, acudieron al nuevo Centro para llevar a cabo el acto simbólico de entrega por el Gobierno del nuevo edificio. Su primer Director sería Antonio Mur y el administrador Lucas Sánchez.

Personalidades que acudieron al acto. Entre ellas los señores Sol, Agustí, Vega, Mur, Sánchez y Montoto
    La Prisión Central de Burgos mereció en sus inicios elocuentes calificativos: “Gigantesco, pétreo, con severidad que no excluye bellezas arquitectónicas, un Establecimiento penitenciario sin par en España y quizás en Europa”, firmaba el editorial de “Vida penitenciaria”. El gobernador civil de Burgos, Ernesto Vega de la Iglesia opinaba que “el edificio es magnífico y las condiciones higiénicas para los desgraciados que han de habitarlo, insuperables”, percepción que debió resultarle harto significativa a pesar de que se tratara de un edificio todavía por estrenar…

Perfecto Ruiz, alcalde de Burgos
    La que no tuvo desperdicio fue la del alcalde Perfecto Ruiz, que veía “en todo preso al hombre que la falta de instrucción, la miseria, el ambiente, el mal ejemplo u otras causas, tales como la deficiencia mental, han hecho un desgraciado o un anormal”, aunque disculpaba “enfermo o delincuente, el preso es un hombre”. Faltaría saber qué pensaría el alcalde acerca de los presos políticos, que serían en gran medida los futuros y próximos inquilinos del Centro, que desde octubre de 1934 pasaron a engrosar las listas de reclusos allí encerrados. Incluso en julio de 1936, Azaña decretaba bases específicas para los presos políticos y sociales en aquel Centro. Eso sí, los “anormales” que calificaba el alcalde que fueran recluidos allí “podrán admirar las bellas puestas de sol de esta vieja Castilla y hará más llevadera la vida de los desgraciados que sufran penas aflictivas”. Perfecto Ruiz Dorronsoro integraba las filas de Alianza Republicana como parte de la conjunción republicano-socialista y obtuvo acta de diputado por Burgos en las elecciones de junio de 1931. Se mantendría en la alcaldía de Burgos hasta 1934. Durante y pasada la guerra civil, no sabemos si él mismo tendría que ser uno de los “anormales o enfermos” que por causas políticas tuviera que ingresar en alguna de las cárceles del nuevo Régimen. Moriría en 1945.
   Y Antonio Mur, el que sería primer director de la Prisión, veía en ella “un edificio lleno de luz, de sol, con un amplio toldo de purísimo azul, un edificio donde se ha alejado el deseo de venganza y de tortura, un edificio trazado con sentimientos de humanidad y de amor al prójimo”.

Vista interior de la Prisión
Una de las galerías de la nueva Prisión
  
   Físicamente, “el recinto está compuesto por un cuadrilátero rodeado por un alto muro exterior con garitas en las esquinas. Existe un patio central, en torno al cual se organizan las celdas, el comedor, la escuela y la capilla. Los servicios médicos y los talleres se sitúan en paralelo al patio. En el exterior, aparecen las oficinas, el puesto de guardia, el archivo y las viviendas de los funcionarios”.

   Como decíamos, dichas manifestaciones acerca de la comodidad e higiene tendría una base teórica en un principio, mucho menos práctica después. Diseñado para albergar alrededor de 850 presos, durante la guerra alcanzó un número próximo a los 4000. Como indica Isaac Rilova, en el verano de 1938 "el pozo que abastecía el penal quedó bajo mínimos, por lo que se acordó no hacer limpieza de dormitorios excepto enfermería y cocina. Se prohibió taxativamente regar los jardines y patios y el uso de retretes, colocando bidones de chapa en todos los dormitorios para las necesidades de los presos”. Entre 1936 y 1941, 293 reclusos fueron fusilados “legalmente”, casi 400 desaparecieron tras su puesta en “libertad” (paseados) y 359 murieron entre sus muros por enfermedad.

Patio central de la Prisión de Burgos

   Es precisamente en esa fecha de 1938 cuando Federico Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos: «Ingresa procedente de la Prisión provincial de Bilbao con orden telegrafica y numerica de la Superioridad, oficio y relación de la Prisión de origen que se unen al expediente de Ramón Abad Blanco. Se participa al Centro Directivo y citada Prisión», firmando la orden de ingreso el Director de la Prisión Central Marcos Jabonero López. Jabonero era un jienense de 56 años que a lo largo de su carrera había pasado por las prisiones de Ocaña, Zaragoza, Valencia, San Miguel de los Reyes… Tras ser subdirector de la Prisión Provincial de Bilbao, pasaría al Dueso en 1933, donde permanecería hasta febrero de 1937 en que sería nombrado Director de la Prisión Provincial de Burgos. A partir del 21 de julio de ese mismo año se haría cargo de la Dirección de la Prisión Central de esa misma ciudad. Siendo Inspector Regional de la II Zona, Jabonero moriría a los 74 años el 24 de enero de 1956.

   Como decíamos, Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos el 26 de julio de 1938. Le asignarán la celda nº 17, y gozará de la vida “paradisiaca” que creían sería allí los altos cargos el día de la inauguración seis años antes poco más de dos meses. Angulo llegaba a Burgos desde la Prisión de Larrinaga, en Bilbao, en la que había permanecido a lo largo de 306 días. El traslado de Bilbao a Burgos lo relata (publicado en “Gudaris y rehenes de Franco 1936-1943”) Ramón de Galarza: “A los demás nos trasladaron al mes siguiente (julio del 38) al Penal de Burgos, en vagones de transporte de reses, amarrados de a dos y en grupos de a diez, también atados de atrás adelante, y para llevarnos de la estación de llegada al Penal, unos cinco kilómetros de carretera polvorienta, todos en doble reata, atados además de atrás adelante por los brazos, desde el primero hasta el último, con chicotes de albañil, y custodiados por dos filas de guardias de asalto y guardias civiles por ambos lados y con el arma al brazo, listos para disparar, como si fueran a la caza de chimbos, ¡digno de reproducirse en cine, como ejemplo del trato que en el siglo XX se da a unos prisioneros de guerra, por unos señores que se llaman “cruzados” y católicos!

   Cecilio Arregui fue otro de los que convivió con Angulo. Así describía la Prisión: “El patio se hallaba enmarcado en un rectángulo por los edificios de las Brigadas. La entrada del exterior al patio tenía enfrente el edificio de la escuela, que sobresalía del resto de edificaciones con una torre y un gran reloj. Las Brigadas que formaban el rectángulo tenían planta baja y una alzada. En ésta estaban las Brigadas. La parte baja la ocupaban sobre todo servicios de economato, barberías, paquetes, sastrería, talleres, dos Brigadas y la de Higiene. El patio disponía de un porche corrido, como los soportales de las plazas de pueblo, con un banco de cemento adosado a las cuatro fachadas. Los portales de las Brigadas se situaban en los ángulos del patio”

   Muchos presos que vinieron de Larrinaga, vascos sobre todo, tuvieron que vivir las “excelencias” de la Prisión Central durante años. Angulo sólo durante dos meses y siete días, pero a pesar de ello, seguro que experimentó la sensación del día a día que describe Galarza: “Allí no te jugabas el castigo, te jugabas la vida. Un hablar en la fila, un no levantar el brazo al estilo fascista, el que en uno de los innumerables cacheos te encontraran un pequeño e insignificante cortante; lo que fuera, la más mínima falta acarreaba, según la categoría del delito, un mes o dos de celda solitaria a pan y agua… El patio de Burgos, 70x50 aproximadamente, enlosado todo él con baldosa áspera de cemento, en los días de verano, cuando estos desgraciados realizaban su trabajo a la madrugada, no tendría más de 6 o 7 grados. Y ¿en invierno? Tirar el agua y helarse a los segundos era lo normal… Sobre todo los tres primeros años fueron horribles. Los fusilamientos continuaron diezmando nuestras filas. La tuberculosis, el tifus exantemático (el piojo verde), la sarna y la locura se llevaron a muchos. El hambre ¡qué hambre, Dios mío!, los piojos, el frío espantoso en invierno, los calores asfixiantes en verano, el miedo, ¡las muertes! Salimos por fin con vida unos 200 de los 600 expedicionarios de la cárcel de Larrinaga al penal de Burgos”.

Otro aspecto interior de la Prisión Central de Burgos. El Salón de Actos

   La única visita que tendría Federico Angulo sería la de su hermano Luis y cuñada Rosa Montaño, entonces domiciliados en Vitoria: “Las visitas eran con dos rejas y un pasillo entre ambas, por donde paseaba el guardián. Una de las rejas tenía además una malla metálica a cuadros. A veces se conseguía que les dejasen a los presos pasar al pasillo y poder estar más cerca de ellos, con sólo una reja y la malla de por medio. Otras veces, por mediación de las monjas o dependiendo de la benevolencia del guardián de turno, nos dejaban quedarnos el tiempo que pasaba mientras entraba la siguiente tanda de familiares, por lo que podíamos hablar con ellos con más tranquilidad y sin barullo. Ese intervalo era bastante largo, porque antes de entrar otro grupo pasaban lista, y eso llevaba su tiempo. Después estaban las visitas especiales en un despacho, pero eran una excepción”. No sabemos qué tipo de visita fue la que tuvo Angulo, pero cumplimentada por el Jefe de Servicios de la Prisión, Eustaquio Muñoz, el 29 de septiembre se llevó a cabo el encuentro.

   Máximo Andonegui, también condenado a muerte pero que tendría la fortuna de serle conmutada la pena y finalmente saldría de la Prisión y de España (concretamente se establecería en Belgrado, al servicio del Gobierno Vasco) era uno de sus compañeros en la Celda 17. Angulo debió conocerle en Larrinaga y hacer amistad con él ya que en sus últimas disposiciones escribía que “el dinero en vales de la Prisión que dan en el Centro, entre los objetos que me recogieron al ser registrado, deben de ser entregados a Máximo Andonegui, en la Celda nº 17”.

Las "inmediaciones" de la Prisión. En uno de esos rincones debieron llevarse a efecto los fusilamientos

   El 2 de octubre, el Juez Militar Ramón Rodríguez firmaba la orden de ejecución de la sentencia, prevista para el día siguiente. El Secretario del Juzgado, en presencia del Juez, se encargaría de notificar a Angulo la orden, que se negaría a firmar, haciéndolo por él los oficiales de la Prisión Enrique Rivero Pérez y Juan Gutiérrez Moreno. Junto con un guipuzcoano de Oiartzun de 56 años, José Evaristo San Miguel Sáenz, y un bilbaíno músico militar de 45, Francisco Hernández Gaya, Federico Angulo sería fusilado a las seis y media de la mañana del 3 de octubre de 1938 en “las inmediaciones de la Prisión Central”, tal y como quedaba estipulada en la Orden de fusilamiento. El doctor Juan Coll, de 29 años de edad, certificó en el lugar del fusilamiento la muerte de Angulo, cuyos restos serían trasladados al Depósito Judicial, y el 4 de octubre de 1938 sería enterrado en el Cementerio de San José, correspondiéndole no una sepultura, ni un nicho, si no simplemente un número, el número de entrada 69. Sería uno más de los inhumados en la fosa común del mencionado cementerio, en cuya memoria se alza un merecido monumento en su recuerdo.

Monumento en el Cementerio de Burgos
       
   «El recuerdo del compañero que ha dado su vida heroicamente por sus ideales nos acompañará siempre y su apasionado amor a la libertad será para todos un magnífico ejemplo»