sábado, 25 de febrero de 2012

1938 La Prisión Central de Burgos

   Hace ya un tiempo iniciábamos una serie temática que desgraciadamente, hasta el momento, eso sí, quedó en una única entrega. Aquí va la segunda y confiamos en que haya muchas más. La titulábamos “Espacios vitales”, y su intención era la de acercar gráficamente y en su misma época, lugares en los que Federico Angulo vivió a lo largo de su vida.

   Hoy nos referiremos al que sería el último lugar, el último “hogar” de Angulo, las imágenes últimas que se llevó de esta vida. Se trata de la Prisión Central de Burgos.

Fachada principal de la Prisión Central de Burgos

   En plena República, el 31 de julio de 1932, se inauguraría este Centro penitenciario situado a las afueras de la ciudad de Burgos, en la carretera de Villalar. Diseñado por Alvarez Mendoza, se encargó de la dirección de las obras el arquitecto Vicente Agustí y la construcción corrió a cargo del contratista Severiano Montoto. En la fecha mencionada, el Director General de Prisiones, Vicente Sol, junto con diversas personalidades de la capital burgalesa, entre ellas su alcalde Perfecto Ruiz, acudieron al nuevo Centro para llevar a cabo el acto simbólico de entrega por el Gobierno del nuevo edificio. Su primer Director sería Antonio Mur y el administrador Lucas Sánchez.

Personalidades que acudieron al acto. Entre ellas los señores Sol, Agustí, Vega, Mur, Sánchez y Montoto
    La Prisión Central de Burgos mereció en sus inicios elocuentes calificativos: “Gigantesco, pétreo, con severidad que no excluye bellezas arquitectónicas, un Establecimiento penitenciario sin par en España y quizás en Europa”, firmaba el editorial de “Vida penitenciaria”. El gobernador civil de Burgos, Ernesto Vega de la Iglesia opinaba que “el edificio es magnífico y las condiciones higiénicas para los desgraciados que han de habitarlo, insuperables”, percepción que debió resultarle harto significativa a pesar de que se tratara de un edificio todavía por estrenar…

Perfecto Ruiz, alcalde de Burgos
    La que no tuvo desperdicio fue la del alcalde Perfecto Ruiz, que veía “en todo preso al hombre que la falta de instrucción, la miseria, el ambiente, el mal ejemplo u otras causas, tales como la deficiencia mental, han hecho un desgraciado o un anormal”, aunque disculpaba “enfermo o delincuente, el preso es un hombre”. Faltaría saber qué pensaría el alcalde acerca de los presos políticos, que serían en gran medida los futuros y próximos inquilinos del Centro, que desde octubre de 1934 pasaron a engrosar las listas de reclusos allí encerrados. Incluso en julio de 1936, Azaña decretaba bases específicas para los presos políticos y sociales en aquel Centro. Eso sí, los “anormales” que calificaba el alcalde que fueran recluidos allí “podrán admirar las bellas puestas de sol de esta vieja Castilla y hará más llevadera la vida de los desgraciados que sufran penas aflictivas”. Perfecto Ruiz Dorronsoro integraba las filas de Alianza Republicana como parte de la conjunción republicano-socialista y obtuvo acta de diputado por Burgos en las elecciones de junio de 1931. Se mantendría en la alcaldía de Burgos hasta 1934. Durante y pasada la guerra civil, no sabemos si él mismo tendría que ser uno de los “anormales o enfermos” que por causas políticas tuviera que ingresar en alguna de las cárceles del nuevo Régimen. Moriría en 1945.
   Y Antonio Mur, el que sería primer director de la Prisión, veía en ella “un edificio lleno de luz, de sol, con un amplio toldo de purísimo azul, un edificio donde se ha alejado el deseo de venganza y de tortura, un edificio trazado con sentimientos de humanidad y de amor al prójimo”.

Vista interior de la Prisión
Una de las galerías de la nueva Prisión
  
   Físicamente, “el recinto está compuesto por un cuadrilátero rodeado por un alto muro exterior con garitas en las esquinas. Existe un patio central, en torno al cual se organizan las celdas, el comedor, la escuela y la capilla. Los servicios médicos y los talleres se sitúan en paralelo al patio. En el exterior, aparecen las oficinas, el puesto de guardia, el archivo y las viviendas de los funcionarios”.

   Como decíamos, dichas manifestaciones acerca de la comodidad e higiene tendría una base teórica en un principio, mucho menos práctica después. Diseñado para albergar alrededor de 850 presos, durante la guerra alcanzó un número próximo a los 4000. Como indica Isaac Rilova, en el verano de 1938 "el pozo que abastecía el penal quedó bajo mínimos, por lo que se acordó no hacer limpieza de dormitorios excepto enfermería y cocina. Se prohibió taxativamente regar los jardines y patios y el uso de retretes, colocando bidones de chapa en todos los dormitorios para las necesidades de los presos”. Entre 1936 y 1941, 293 reclusos fueron fusilados “legalmente”, casi 400 desaparecieron tras su puesta en “libertad” (paseados) y 359 murieron entre sus muros por enfermedad.

Patio central de la Prisión de Burgos

   Es precisamente en esa fecha de 1938 cuando Federico Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos: «Ingresa procedente de la Prisión provincial de Bilbao con orden telegrafica y numerica de la Superioridad, oficio y relación de la Prisión de origen que se unen al expediente de Ramón Abad Blanco. Se participa al Centro Directivo y citada Prisión», firmando la orden de ingreso el Director de la Prisión Central Marcos Jabonero López. Jabonero era un jienense de 56 años que a lo largo de su carrera había pasado por las prisiones de Ocaña, Zaragoza, Valencia, San Miguel de los Reyes… Tras ser subdirector de la Prisión Provincial de Bilbao, pasaría al Dueso en 1933, donde permanecería hasta febrero de 1937 en que sería nombrado Director de la Prisión Provincial de Burgos. A partir del 21 de julio de ese mismo año se haría cargo de la Dirección de la Prisión Central de esa misma ciudad. Siendo Inspector Regional de la II Zona, Jabonero moriría a los 74 años el 24 de enero de 1956.

   Como decíamos, Angulo ingresa en la Prisión Central de Burgos el 26 de julio de 1938. Le asignarán la celda nº 17, y gozará de la vida “paradisiaca” que creían sería allí los altos cargos el día de la inauguración seis años antes poco más de dos meses. Angulo llegaba a Burgos desde la Prisión de Larrinaga, en Bilbao, en la que había permanecido a lo largo de 306 días. El traslado de Bilbao a Burgos lo relata (publicado en “Gudaris y rehenes de Franco 1936-1943”) Ramón de Galarza: “A los demás nos trasladaron al mes siguiente (julio del 38) al Penal de Burgos, en vagones de transporte de reses, amarrados de a dos y en grupos de a diez, también atados de atrás adelante, y para llevarnos de la estación de llegada al Penal, unos cinco kilómetros de carretera polvorienta, todos en doble reata, atados además de atrás adelante por los brazos, desde el primero hasta el último, con chicotes de albañil, y custodiados por dos filas de guardias de asalto y guardias civiles por ambos lados y con el arma al brazo, listos para disparar, como si fueran a la caza de chimbos, ¡digno de reproducirse en cine, como ejemplo del trato que en el siglo XX se da a unos prisioneros de guerra, por unos señores que se llaman “cruzados” y católicos!

   Cecilio Arregui fue otro de los que convivió con Angulo. Así describía la Prisión: “El patio se hallaba enmarcado en un rectángulo por los edificios de las Brigadas. La entrada del exterior al patio tenía enfrente el edificio de la escuela, que sobresalía del resto de edificaciones con una torre y un gran reloj. Las Brigadas que formaban el rectángulo tenían planta baja y una alzada. En ésta estaban las Brigadas. La parte baja la ocupaban sobre todo servicios de economato, barberías, paquetes, sastrería, talleres, dos Brigadas y la de Higiene. El patio disponía de un porche corrido, como los soportales de las plazas de pueblo, con un banco de cemento adosado a las cuatro fachadas. Los portales de las Brigadas se situaban en los ángulos del patio”

   Muchos presos que vinieron de Larrinaga, vascos sobre todo, tuvieron que vivir las “excelencias” de la Prisión Central durante años. Angulo sólo durante dos meses y siete días, pero a pesar de ello, seguro que experimentó la sensación del día a día que describe Galarza: “Allí no te jugabas el castigo, te jugabas la vida. Un hablar en la fila, un no levantar el brazo al estilo fascista, el que en uno de los innumerables cacheos te encontraran un pequeño e insignificante cortante; lo que fuera, la más mínima falta acarreaba, según la categoría del delito, un mes o dos de celda solitaria a pan y agua… El patio de Burgos, 70x50 aproximadamente, enlosado todo él con baldosa áspera de cemento, en los días de verano, cuando estos desgraciados realizaban su trabajo a la madrugada, no tendría más de 6 o 7 grados. Y ¿en invierno? Tirar el agua y helarse a los segundos era lo normal… Sobre todo los tres primeros años fueron horribles. Los fusilamientos continuaron diezmando nuestras filas. La tuberculosis, el tifus exantemático (el piojo verde), la sarna y la locura se llevaron a muchos. El hambre ¡qué hambre, Dios mío!, los piojos, el frío espantoso en invierno, los calores asfixiantes en verano, el miedo, ¡las muertes! Salimos por fin con vida unos 200 de los 600 expedicionarios de la cárcel de Larrinaga al penal de Burgos”.

Otro aspecto interior de la Prisión Central de Burgos. El Salón de Actos

   La única visita que tendría Federico Angulo sería la de su hermano Luis y cuñada Rosa Montaño, entonces domiciliados en Vitoria: “Las visitas eran con dos rejas y un pasillo entre ambas, por donde paseaba el guardián. Una de las rejas tenía además una malla metálica a cuadros. A veces se conseguía que les dejasen a los presos pasar al pasillo y poder estar más cerca de ellos, con sólo una reja y la malla de por medio. Otras veces, por mediación de las monjas o dependiendo de la benevolencia del guardián de turno, nos dejaban quedarnos el tiempo que pasaba mientras entraba la siguiente tanda de familiares, por lo que podíamos hablar con ellos con más tranquilidad y sin barullo. Ese intervalo era bastante largo, porque antes de entrar otro grupo pasaban lista, y eso llevaba su tiempo. Después estaban las visitas especiales en un despacho, pero eran una excepción”. No sabemos qué tipo de visita fue la que tuvo Angulo, pero cumplimentada por el Jefe de Servicios de la Prisión, Eustaquio Muñoz, el 29 de septiembre se llevó a cabo el encuentro.

   Máximo Andonegui, también condenado a muerte pero que tendría la fortuna de serle conmutada la pena y finalmente saldría de la Prisión y de España (concretamente se establecería en Belgrado, al servicio del Gobierno Vasco) era uno de sus compañeros en la Celda 17. Angulo debió conocerle en Larrinaga y hacer amistad con él ya que en sus últimas disposiciones escribía que “el dinero en vales de la Prisión que dan en el Centro, entre los objetos que me recogieron al ser registrado, deben de ser entregados a Máximo Andonegui, en la Celda nº 17”.

Las "inmediaciones" de la Prisión. En uno de esos rincones debieron llevarse a efecto los fusilamientos

   El 2 de octubre, el Juez Militar Ramón Rodríguez firmaba la orden de ejecución de la sentencia, prevista para el día siguiente. El Secretario del Juzgado, en presencia del Juez, se encargaría de notificar a Angulo la orden, que se negaría a firmar, haciéndolo por él los oficiales de la Prisión Enrique Rivero Pérez y Juan Gutiérrez Moreno. Junto con un guipuzcoano de Oiartzun de 56 años, José Evaristo San Miguel Sáenz, y un bilbaíno músico militar de 45, Francisco Hernández Gaya, Federico Angulo sería fusilado a las seis y media de la mañana del 3 de octubre de 1938 en “las inmediaciones de la Prisión Central”, tal y como quedaba estipulada en la Orden de fusilamiento. El doctor Juan Coll, de 29 años de edad, certificó en el lugar del fusilamiento la muerte de Angulo, cuyos restos serían trasladados al Depósito Judicial, y el 4 de octubre de 1938 sería enterrado en el Cementerio de San José, correspondiéndole no una sepultura, ni un nicho, si no simplemente un número, el número de entrada 69. Sería uno más de los inhumados en la fosa común del mencionado cementerio, en cuya memoria se alza un merecido monumento en su recuerdo.

Monumento en el Cementerio de Burgos
       
   «El recuerdo del compañero que ha dado su vida heroicamente por sus ideales nos acompañará siempre y su apasionado amor a la libertad será para todos un magnífico ejemplo»

domingo, 22 de enero de 2012

1912 El naufragio de Bermeo

El Puerto de Bermeo, agosto de 1912

   « Luce el sol opacamente, á través de un cielo grisáceo y triste. Hay en la atmósfera ficticia quietud, calma mortificante que excita los nervios. El mar muy azul, miente sosiego. Es la media tarde. En el horizonte se dibujan levemente penachos de humo. Son los vapores que de mañana fueron á pelear. Más acá vence barcas quietas en un sitio, meciéndose al vaivén de las olas. La gente que las tripula, tienen fijos los ojos en los cabos de la red.
   Buena va la pelea. Pesa la red que es un contento. Hoy han de resarcirse con creces de tantos días de escasez. Poco á poco, tan apriesa como permite el peso van subiéndola á brazo. Faltan sólo dos ó tres brazas de cabo para que la red vuelque su gran tripa plateada en el fondo de la barca. ¡Hala, hala!... Y á la voz del patrón, al unísono, van recogiendo cabo poco á poco, ansiosos, satisfechos, sonrientes… Igual faena hacen en la vapora que compone la pareja. Vanse juntando una á otra, achicando la distancia.
   Por fin están borda á borda casi. Salió la red, destelleando reflejos como sobre plata, al ser barrida por el sol ya moribundo. Los pescadores, no pueden contener la alegría. En todo el año tuvieron pesca tan copiosa.
   Y mientras charlotean á grito herido revuelven el pescado de un lado á otro haciendo selección ».

   Así sería, un día cualquiera, una productiva jornada de trabajo para los pescadores vizcaínos. Pese al duro quehacer diario, experimentar el gozoso sentimiento y la satisfacción propia de un esfuerzo bien recompensado. Sin embargo, no siempre es así. El trabajo en el mar ha teñido de luto en innumerables ocasiones la vida de muchas familias y la de numerosas localidades pesqueras. Así ocurrió en la madrugada del 12 al 13 de agosto de 1912. Muchas lanchas y pequeñas embarcaciones habían salido del puerto de Bermeo, como cada día. Y esa noche, también muchas, no volvieron.

   «Lentamente, deslizándose con apenas balanceo sobre las olas, ponen rumbo al puerto. Vuelven á casa, á contar las alegrías. Pero de pronto, la decoración cambia. Lo que fue quietud en la atmósfera, ahora es borrasca. El sosiego del mar, tórnase en agitación creciente. Rachas de viento cogen á la embarcación por la popa, haciéndola ir contra los acantilados. Olas enormes, altas como montañas, espumarajeando como bestia furiosa, elevan la vapora considerablemente; parece que van a tocar las nubes. Luego la dejan deslizarse por sus flancos, hundiéndola en el surco profundo que dejan entre sí. La proa entra en el aire ».

   El fuerte temporal de viento –la galerna, que suele llamarse- que azotó la costa de Vizcaya, se cebó especialmente con la flota pesquera de Bermeo. A mediodía del 13, ante las pesimistas expectativas que se estaban creando, desde el Gobierno Civil se telegrafiaba a todos los puertos de la costa vizcaína y guipuzcoana el siguiente mensaje:

   “El alcalde de Bermeo me telegrafía haber ocurrido naufragio lanchas boniteras y que están otras veinte en inminente peligro á la altura de Zumaya, á treinta millas de distancia. Ruego á V.S. ordene auxilios que puedan prestarse desde esa provincia”.

Manuel Novella, gobernador civil de Vizcaya
   Pero lamentablemente, las gestiones de salvamento cursadas, se iniciaron demasiado tarde. El señor Novella, gobernador civil de Vizcaya, así se lo hacía saber al alcalde de Bermeo, Atanasio Urquiza, molesto sin duda por haber tardado tanto en dar aviso:

   “Supongo, que además de los auxilios de otros pueblos, habrá usted ordenado otros; y tengo que lamentar no haya usted cumplido lo dispuesto en circular de 15 de mayo de 1911, con lo que los auxilios dispuestos á las tres de la tarde, hubieran llegado antes y hubieran sido de mayor eficacia”.

   Efectivamente, era demasiado tarde. Además, los trabajos de auxilio se veían entorpecidos por el estado del mar, que todavía demostraba algunos signos de violencia. El pueblo de Bermeo, lógicamente, demostraba su temor: “El vecindario está alarmadísimo por carecer de noticias de las veintidós lanchas de este puerto que se encuentran en la mar”. La galerna del día 12 tuvo en Bermeo su principal objetivo. Las primeras noticias apuntadas desde el Gobierno Civil declaraban 3 víctimas mortales de Ondarroa, 8 de Elanchove, y 116 de Bermeo.

   «Los pescadores, pálidos, el terror pintado en sus rostros, se asen frenéticos á todos los salientes. Porque ya lo saben: aquél que se suelte, lo arrastra la ola. Y porque lo saben, porque vieron como la ola se llevó á un compañero, tal vez al hijo, ponen todos su tesón nervioso é instintivo en asirse fuertemente, con desesperada obstinación por reñir con el mar la lucha titánica por la vida. Sus dedos, de tan fuerte como aprietan huellan la madera ó es la madera la que se hunde en sus dedos. Carne y madera, forman un mismo cuerpo.
   El mar débil, más joven ó más viejo que los demás, siente desfallecimientos. La ola, con bárbara brutalidad, lo arranca de la embarcación. Ruje. Parece cantar un himno bestial por su triunfo. Y lo arrastra, envuelto en su espuma, asfixiándolo con su trágico abrazo. Juega con él. Lo zarandea en la superficie, donde el infeliz lucha con desesperación por arrancarse de la muerte. Y el mar, y el viento, parecen juntarse en un bramido que tiene mucho de carcajada infame, mientras el náufrago, muerto ya, se hunde en el abismo ».

Anacleto Allica y Julián Tellechea, supervivientes de Bermeo

   Uno de los supervivientes, Juan Daniel Escurza, relataba así su odisea: “Estábamos a una porción de millas de la costa cuando a las doce de la noche nos sorprendió el temporal. Procuramos defendernos y ver el modo de poder arribar a cualquier puerto, pero la fuerza del viento y el ímpetu del oleaje dificultaba en extremo nuestros deseos. De improviso un bandazo hizo zozobrar la embarcación y todos los tripulantes caímos al agua. Cada uno de nosotros procuraba sostenerse a flote y asirse a los maderos de la lancha. Con el mástil que había sido tronchado por el huracán, lo amarramos y a él nos sujetamos. Tres estábamos asidos a los maderos…mis demás compañeros desaparecieron casi todos. Al cabo de unas horas hundióse uno de ellos, y poco después desaparecía también el otro…”
   Como Escurza, también consiguieron salvarse Anacleto Allica y Julián Tellechea, de la lancha Campania.

   « Pasó. Tornó a renacer la calma. Aquietose el mar. Despejose el cielo. En él empiezan a brotar estrellas. Las vaporas y las barcas van entrando en el puerto deshechas, las unas sin velas, sin timón otras; algunas perdieron la chimenea en la épica lucha.
   Los pescadores, chorreando sangre y agua, destrozados, las carnes magulladas, saltan á tierra. Convulsos, van á caer en los brazos de su gente que, nerviosos, riendo y llorando, lo palpan frenéticos, lo acarician rudamente, devolviéndole la vida poco á poco con el calor de tantos pechos. Sólo allá, en algún rincón del muelle, alguna mujer joven ó vieja, llora la muerte del más débil. Es la novia, es la mujer, es la madre del pescador que en lugar de la vida que buscaba, el mar le concedió una tumba…»


Llegada del rey Alfonso XIII a Bermeo en agosto de 1912

   Esa cruel concesión fue el destino de los siguientes pescadores:

   - Lancha VICTORIA: Lorenzo Astoreca, Marcos Peña, Ramón Bilbao, Ambrosio Bilbao, Juan Aguirre, Luis Allica, Francisco Uriarte y José Uriarte.
   - Lancha BUENAVENTURA: Leocadio Galdaraz, Mamerto Gabancho, Evaristo San Nicolás, Gervasio Garona, Ramón Laca, Pedro Galdona, Ceferino Arqueta, Jacinto Denis y Ceferino Urrutia.
   - Lancha JESUS NAZARENO: José Martínez, Jacinto Garay, Silverio San Nicolás, Jeremías Muruaga, Francisco Uriarte y Serapio Mirandona.
   -Lancha MELITONA: Hipólito Gabancho, José Echeverría, Victorio Bilbao, Sinforoso Rentería, Juan Cruz Onanua, Melitón Anica, Zacarías Basabe y Ciriaco Echevarría.
   - Lancha NUESTRA SEÑORA DE LOURDES: Celestino Mirandona, Pedro Mirandona Raimundo Elguezábal, Felipe Bilbao, Francisco Gauveca, Juan Uribarre, Cerilo Aguirre y Narciso Omar.
   - Lancha CAMPANIA: Prudencio Larandogoitia, Marcos Bilbao, Genaro Expósito, Alvaro Aurrecoechea, Timoteo Rentería y José Aldama.
   - Lancha SAN PEDRO: Pedro Zabala, Juan Lartitegui, Máximo Zabala, Lucas Clordy, Pedro Goitia, Félix Bilbao, Guillermo Goyenechea, Pedro Bilbao y Luciano Bilbao.
   - Lancha JOVEN LAZARA: Pablo Arenaza, Anastasio Arenaza Ignacio Arenaza, Salustiano Arenaza, Pedro Expósito, Silvestre Lejárraga, Alejo Ormaechea y Gregorio Bilbao.
   - Lancha SANTA AGUEDA: Lucio Irula, Vicente Ormaechea, Eduardo Fradua, Primitivo San Miguel, Serafín Ortuzar, Benigno Uriondo, Saturnino Larragangoitia y Cándido Bilbao.
   - Lancha VIZCAYA: Francisco Díaz, Francisco Díaz (hijo) Alejandro Longa, Pedro Aramburu, Marcos Eusabiaga, Elías Oliaga, Leoncio Martínez y Pedro Bilbao.
   - Lancha SAN ANTONIO 178: Antonio Urrutia, Vicente Urrutia, Ambrosio Anasagasti, Venancio Bilbao, Robustiano Albóniga, Francisco Zarandona, Isidoro Expósito y Eugenio Múgica.
   - Lancha SAN ANTONIO 144: Ramón Acerecho, Cornelio Acerecho, Manuel Acerecho, Gonzalo Beitia, Prudencio Landa, Crescencio Magurio, Angel Iturrioz y Lorenzo Bilbao.
   - Lancha BIENVENIDA: León Bilbao, Toribio Elorriaga, Julián Belaustegui, Julián Bilbao, Francisco Bilbao, Ricardo Bilbao, Paulino Bilbao y Eugenio Bilbao.
   - Lancha VIRGEN DEL PUERTO (de Ondárroa): Isidro Echaburu, Cándido Echaburu, Simón Bilbao, y los vecinos de Bermeo Pablo Munitiz, Asensio Echevarría, José Urrutia y Juan Bilbao.
   - Lancha BTA: BERRIOCHOA: José Albóniga, Román Uriondo Pedro Asla, Benito Portuondo, Eladio Gordíbil, José Coro, Teófilo Anduiza y Luis Albóniga.

Algunas de las víctimas bermeanas de los naufragios

Alfonso XIII saliendo de la Iglesia de Santa María, de Bermeo, donde presidió los funerales por las víctimas
  
Ante la tragedia vivida por los ciudadanos de Bermeo, toda Vizcaya y Guipúzcoa principalmente, se volcaron con los familiares de los desaparecidos e intentaron allegarles las máximas ayudas posibles. Se hicieron donativos, se abrieron suscripciones públicas en prensa y en círculos privados… Incluso hubo alguien que se “atrevió” a proponer algo que en nuestros días está tan en boga cuando sucede cualquier catástrofe natural, pero que quizás por entonces –año 1912- no debía ser demasiado conocido: los festivales de personajes de renombre, los conciertos, encuentros deportivos…

“¿Y LOS ARTISTAS?”

   «La catástrofe marítima ocurrida pocos días hace en nuestras costas, ha hecho pensar en la necesidad de allegar recursos con que aliviar la tristísima situación de las familias en cuyo seno hubo una víctima.
   Los periódicos abren suscripciones y crean fiestas. Hacen llamamientos á los corazones. Los resultados serán espléndidos. Todos han pensado en socorrer á sus hermanos con la largueza que sus recursos les permitieran.
   Es un hermoso concierto, formado por voces generosas que hablan de caridad, de amor al hermano. Un hermoso concierto que sonará glorioso en el fondo de los rudos corazones pescadores.
   Pero en ese concierto falta una voz, tal vez la más interesante. Es la voz de los artistas. Y esa voz simpática y vibrante aun no se ha oído. Se nota que falta en el concierto.
   Se echa de menos su canto, que tiene mucho de plegaria y de himno. Y ha de oírse ¿quién lo duda? Ha de oírse por encima de las otras voces. Su eco resonará majestuoso en todos los rincones. Que para eso tienen por madre augusta el Arte. Y resonará con exquisitas modulaciones, llegando al corazón. Será solemne como una marcha triunfal, amarga como una marcha fúnebre.
   La idea del marqués de Rocaverde hízome pensar en ello. Un festival en el que tomaran parte todos los artistas del país y los que accidentalmente residen en él, daría grandes resultados. Músicos, poetas, literatos, todos podrían aportar su grano de arena á la obra común. Granos de arena que llegarían á formar un montón colosal.
   Al mágico encanto de la fiesta, abriríanse las bolsas insensiblemente. Las colectas de las rifas, entradas, etc., podrían ser respetables. Una bella cifra que poder ofrecer á los míseros seres que ahora lloran su miseria.
   He aquí la idea. No es una ideica insigne apadrinada por algún gran hombre. Es tan solo una pobre idea concebida por mí. Apadrínela quien se crea con fuerzas para ello. Yo me contento con exponerla á la aprobación ó al desdén de aquellos á quienes pueden darla vida ó dejarla morir. »


Marqués de Rocaverde
   Esta sugerencia, publicada el 20 de agosto, tuvo al menos una correspondencia ya que el Comité Antituberculoso de San Sebastián promovió la celebración de un concierto en el Gran Casino el día 24, cuya recaudación iría a beneficio de los familiares de las víctimas de Bermeo. Leonardo de Moyúa Alzaga, marqués de Rocaverde, alcalde de San Sebastián entre 1905 y 1909, también era un eminente pianista que actuaba con el nombre de “Leo de Silka”. Él fue el principal protagonista de la velada del Gran Casino, resultando el concierto un verdadero éxito musical, y también económico, alcanzando una recaudación de 4500 pesetas.


   ¿El artífice de la sugerencia? Pues ya supondréis que el autor tanto del texto de homenaje a los pescadores como el de la iniciativa artística (reseñados en naranja)  fue Federico de Angulo Vázquez.

sábado, 19 de noviembre de 2011

1933 Las elecciones (y V) Comentario II

Primera página de La Lucha de Clases del día 16 de noviembre de 1933, con los candidatos vizcaínos

   Aunque pudiera ser hasta cierto punto irrelevante, no queremos dejar pasar la oportunidad de dejar constancia de una pequeña rectificación acerca de una parte de la entrada que publicábamos el 19 de septiembre con el título de: 1933 Las elecciones (y V) Guipúzcoa. El pasaje del texto es el siguiente:

   "Así como “La Voz de Guipúzcoa” en 1931 se hizo eco de las actividades socialistas en aquella campaña, en esta, dado que ya se había roto la coalición republicano-socialista, no solo no informaba sobre lo concerniente a los socialistas sino que además se mostraba claramente beligerante hacia sus opiniones y actividades. Es por ello que difícilmente pueden encontrarse referencias en la prensa acerca de la campaña electoral seguida por los socialistas. Únicamente el semanario “La Lucha de Clases” y “El Liberal” de Bilbao informaban mínimamente acerca de ello, ya que prácticamente irrelevante era la posible ayuda que desde Madrid pudiera ofrecer el diario “El Socialista”.

   Comentario que venía apoyado por la opinión del profesor Rodríguez Ranz en su libro "Guipúzcoa y San Sebastián en las elecciones de la II República", en cuya página 444-nota 79 podemos leer:

   "En noviembre de 1933 el PSOE no disponía en la provincia no ya de un órgano de prensa propio, sino ni siquiera de espacios informativos en el diario más "afín". Por ello, la información sobre sus actos de propaganda ha sido obtenida, básicamente, del semanario "La Lucha de Clases" y del diario bilbaíno "El Liberal".

   Y es por ello que en esta entrada queremos publicar la rectificación que merece tanto una parte de nuestro comentario como el de Rodríguez Ranz. Por nuestra parte, a día de hoy todavía no hemos podido consultar las páginas del diario El Liberal, pero sí las de La Lucha de Clases. A pesar de llevar el subtítulo de "Órgano de la Federación socialista vasco-navarra y de la Unión General de Trabajadores", teníamos ya constancia de estar casi exclusivamente dedicado a las actividades de la Agrupación Socialista de Bilbao y de la Federación Socialista Vizcaína, amén de publicar artículos provenientes del diario El Socialista, de Madrid. Ya anticipábamos que su periodicidad semanal podría indicar la dificultad de que incluyera en sus páginas algún tipo de mención a actividades a realizar o realizadas por los socialistas en otra provincia. Y de esta manera podemos confirmar que en sus páginas, relativo a la campaña, actos y resultados de los candidatos a diputados por Guipúzcoa, no aparece ni la más mínima mención a la provincia de Guipúzcoa.

   De esta manera, a falta de confirmar el punto relativo a El Liberal de Bilbao, nos quedamos únicamente con que el semanario que dirigía Federico Angulo, La Voz del Trabajo, debió ser la pobre aportación como órgano de prensa que tuvieron los socialistas guipuzcoanos en la campaña electoral de noviembre de 1933.


   En otro orden de cosas pero también relativo a la campaña electoral de 1933 en Guipúzcoa, también queríamos dejar constancia gráfica de dos documentos que tan amablemente no han proporcionado desde el Archivo Municipal de Irún. Son dos octavillas de propaganda que pertenecen a los actos celebrados en dicha ciudad por los candidatos a Cortes por Guipúzcoa Enrique de Francisco y Julia Álvarez.



jueves, 17 de noviembre de 2011

1893 Ciudad Rodrigo (II)

Inscripción en la partida bautismal del lugar de nacimiento

   Como ya mencionamos en su momento, el 27 de septiembre de 1893 nacía Federico Angulo en un modesto piso de la calle Gigantes de Ciudad Rodrigo. A modo de complemento de aquella entrada que dedicamos a su patria chica y que ilustramos con fotografías de aquella época, queremos en esta ocasión acercarnos todavía más al centro neurálgico de nuestra historia. Aunque únicamente sea a título de curiosidad, gracias a Google Maps hemos podido anticipar un poco nuestro viaje y conocer el edificio en cuestión y sus inmediaciones. La manzana en la que se encuentra, de forma triangular, y que es la misma en la que podemos ver el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo con fachada a la Plaza Mayor, queda delimitada por las calles de San Juan, la Rúa del Sol y la calle de Gigantes. Estrechas callejuelas que en su mayor parte han pervivido al paso del tiempo y que mantienen el espíritu y aroma de otros tiempos.


Fachada principal del nº 1 de la Calle Gigantes

Confluencia de la calle Gigantes con San Juan. En la esquina el nº 1 y al fondo, la Iglesia de San Agustín
Confluencia de Gigantes con San Juan, vista desde ésta última. A la izquierda, el nº 1 de la Calle Gigantes, a la derecha la puerta de entrada a la Iglesia de San Agustín y al fondo el edificio de Correos
San Juan desde el punto de vista contrario a la anterior. A la izquierda San Agustín, a la derecha la esquina del edificio de Correos, y al fondo el nº 1 de la Calle Gigantes
Nº 1 de la Calle Gigantes, en cuyo segundo piso nació Federico

martes, 1 de noviembre de 2011

1937 Alberto Fernández-Matamoros

   El teniente coronel de Infantería Luis Bartolomé Fernández-Matamoros Escobar contraía matrimonio en Tolosa el 15 de julio de 1876 con Amalia Rufina Filomena Arsuaga Yeregui. El hijo primogénito de la pareja sería Alberto Fernández-Matamoros Arsuaga, que nacía en Tolosa el 8 de octubre de 1877 (no de 1878, como consta en su expediente militar). Después vendrían sus hermanos Manuel, en 1880, Luis (en 1884) y Juan, en un futuro general de Infantería.

   Alberto entraría en la Academia de Infantería el 30 de junio de 1896, siendo su primer destino el Regimiento de Infantería Valencia, en San Sebastián, ciudad en la que pasaría la mayor parte de su vida. En 1898 fue destinado al Batallón de Burgos nº 5 con el que embarcaría en Cádiz en el crucero Buenos Aires con rumbo a Filipinas. Sin embargo, nunca llegaría allí. A la altura de Port-Said, en la entrada del canal de Suez, se le ordenó que volviera a la Península, desembarcando en Cartagena el 16 de julio del mismo año. Suponemos que debido a su estatura (1.52 m), jamás llegó a entrar en combate, ni en Filipinas ni en Marruecos, ni después en la guerra civil. Siempre estuvo de guarnición hasta que en 1917 sería designado encargado de alistamiento de reclutas en el Ayuntamiento de Tolosa, el mismo cargo que ocuparía después en Pamplona en 1919, ya con el grado de comandante. El 25 de octubre de 1907 contraería matrimonio en San Sebastián con María Ytuarte Balenciaga, de cuya unión no tenemos constancia que tuvieran descendencia. Sus últimos cargos desempeñados fueron los de encargado del Negociado de Censura militar de la Prensa en 1924 y secretario de la Junta de Clasificación y Revisión de la provincia de Navarra en 1925. En junio de 1931 se retiraba del servicio como teniente coronel de Infantería, volviendo al servicio una vez iniciada la guerra civil en el ámbito de Justicia Militar de la VI Región Militar, pasando a la Auditoría de Ocupación de Madrid, para volver de nuevo a la VI Región el 14 de abril de 1939.

   Más o menos conocidos son los sucesos acaecidos en Santander, en febrero de 1941, en los que por consecuencia de un terrible temporal se provocó un incendio que causó la destrucción de la mayor parte de la ciudad. Sin embargo, menos conocido es lo que ocurrió a causa de ese mismo vendaval unos kilómetros más allá. El tren que se dirigía de Bilbao a San Sebastián, a la salida de la estación de Zumaya cruzaba el puente sobre el río Urola a las once y media de la noche del sábado 15 de febrero. En ese momento, una racha de viento huracanado golpeó de llenó al tren, precipitando varios de sus vagones desde lo alto del puente al cauce del río. Uno de primera, otro de tercera y el de Correos cayeron al agua, y otros se precipitaron por el terraplén existente. La tragedia se saldó con 22 muertos y varios desaparecidos, además de numerosos heridos. De entre estos últimos, el soldado de Sanidad Julián Sánchez fue el encargado de rescatar a dos de los viajeros. Se trataba del coronel de Infantería Alberto Fernández Matamoros y su esposa. A partir de aquí, una vez superada esa terrible experiencia, le perdemos la pista aunque suponemos que siguió con sus ocupaciones en la Auditoría de Ocupación en San Sebastián, no habiendo podido confirmar en qué fecha falleció.


Imágenes del tren tras su caída al río Urola en febrero de 1941

   Durante la guerra, y tras la creación el 24 de octubre de 1936 del Alto Tribunal de Justicia Militar, la base legal sobre la que se apoyaba el Gobierno de Burgos era el Código de Justicia Militar de 1890. En éste, los tipos de procedimiento criminal estaban clasificados como Ordinario, Sumarísimo, y Sumarísimo de urgencia. Ya desde el 31 de agosto de 1936 se había decretado que “la norma de las actuaciones judiciales castrenses sea la rapidez, haciéndola compatible con las garantías procesales de los encartados”. Ya de entrada se hace difícil relacionar esa rapidez con esas garantías, que todos sabemos no existían. Además, para no “distraer del servicio de armas a los Jefes, Oficiales y clases para ocuparlos en la tramitación de dichos procedimientos”, en su artículo tercero se decretaba que podrían “desempeñar los cargos de Jueces, Secretarios y Defensores en los procedimientos militares que se instruyan, todos los Jefes y Oficiales del Ejército y sus asimilados, aunque se hallen en situación de retirados”. El presidente del Tribunal que condenó a Angulo se encontraba en esta situación.

   El procedimiento sumarísimo comenzaba con un atestado y un expediente incoado al detenido que seguidamente se remitía a la Autoridad Judicial. El procedimiento debía constar de dos fases: el sumario y el plenario. En el sumario se toman declaraciones y se ratifica la denuncia, se piden informes de conducta político-social sobre el procesado, se abre el Auto de Procesamiento, se conforma una Declaración indagatoria, y finalmente, un Auto de resumen de las actuaciones. En la elevación a Plenario es cuando se nombra abogado defensor y se hace entrega a Fiscal y Defensa las actuaciones para preparar tanto la acusación como la defensa. Para la celebración de la Vista, se nombra un Tribunal Militar que constará de: Presidente (Teniente Coronel), Vocal ponente, y 5 vocales del Arma (Capitanes)

   Sin embargo, durante la guerra civil se verá ligeramente modificado ya que se crearán los Consejos de Guerra Permanentes. Primero en Madrid, en noviembre de 1936, y posteriormente en provincias, según Decreto de 26 de enero de 1937, especificando que “se hace extensiva a todas aquellas plazas liberadas o que se liberen” la creación de Consejos de Guerra Permanentes, con la diferencia de que serán necesarios únicamente 3 vocales, que podrán ser tenientes, así como el presidente, que podrá ser comandante. Y no había posibilidad de recurso al Alto Tribunal de Justicia Militar ya que solo existiría esa posibilidad en procedimientos que no fueran sumarísimos, y todos ellos en los años de guerra lo eran.

   Sobre esta base legal, el 22 de septiembre de 1937, el Consejo de Guerra Permanente nº 2 de Bilbao, juzgaba en procedimiento sumarísimo de urgencia a Federico Angulo por delito de rebelión militar.

   La base legal de la que hablábamos antes y sobre aquello de las garantías procesales del encartado, se pueden resumir en la actuación del abogado defensor de Federico Angulo en la vista. Entendemos las reacciones de los amigos de Angulo, entre ellos Zugazagoitia, que ponía en boca del fiscal estas palabras: “Pido una sentencia justa, pero lo hago con pena porque el procesado es un caballero español a quien podemos testimoniar nuestro respeto”, y sentimos que en verdad no fueron tan románticas como pretendieron creer en sus declaraciones posteriores a su muerte en lo que se refiere a su abogado y al fiscal, pero este último lo único que hizo fue pedir la pena de muerte, y la actuación de la Defensa se limitó a exponer que “viéndose en la imposibilidad de sostener en justicia tesis distinta de la del Ministerio Fiscal se conforma con la pena de muerte solicitada por la Acusación Pública”.

Firma del abogado defensor
   Como no podía ser de otra manera, se dictó la sentencia esperada. El Tribunal lo componían:

   - Ponente: Benito Martínez
   - Vocales: los capitanes de Infantería Santos Fernández, Fernando Pérez Luis y Manuel Martín Rosales.

   Y el Presidente del Consejo dictaminó que “debe condenar y condena al procesado FEDERICO ANGULO VAZQUEZ a la pena de muerte y accesorias para caso de indulto de interdicción civil”.


   El mencionado presidente del Consejo de Guerra Permanente era Alberto Fernández-Matamoros Arsuaga.

jueves, 20 de octubre de 2011

1938 Ramón Lamoneda

Begíjar (Jaén), localidad natal de Ramón Lamoneda
     D. Ramón Lamoneda Fernández nació en la localidad de Begíjar (Jaén) en 1892. Todavía joven, aprovechó su traslado a Madrid para ingresar en las Juventudes Socialistas primero y en la Agrupación Socialista más tarde, en 1914. Presidente del sindicato de impresores y miembro de la comisión ejecutiva de la Unión General de Trabajadores en 1920. Vicesecretario del Partido Socialista y miembro del Partido Comunista de España desde 1921, del que salió para retornar al PSOE durante la dictadura de Primo de Rivera. Entre 1933 y 1939 fue diputado socialista por Granada y Madrid y secretario de las Cortes. Sería nombrado Secretario general del PSOE y representante español en la Internacional Socialista. Al acabar la guerra se exilió a México, donde se dedicaría con exclusividad a su especialidad en el ramo de Artes Gráficas, salvo los dos años que pasó en París de 1946 a 1948. Amaro del Rosal nos dibuja cómo era su domicilio mexicano de la Calle del Pino, 57: “Un piso modesto, modestísimo. En un balcón que hace esquina, tenía su rincón de trabajo. La luz siempre estaba encendida hasta altas horas de la madrugada. Allí estaba Ramón, con su cigarro colgado de los labios, a lo francés, inclinado sobre sus cuartillas, corrigiendo las pruebas de un nuevo libro, de otro, de una revista, buscando datos, precisando citas, fechas… y así treinta y dos años de emigración, sin dejar de trabajar un día”. Lamoneda, perteneciente a la “vieja escuela de los representantes de nuestro movimiento obrero de signo socialista que rendían culto a la disciplina, al cumplimiento del deber en el trabajo, a la modestia y a la honestidad de la forma más natural y sencilla” fallecería en México en 1971.

Fachada principal del Teatro Chueca, de Madrid

     El domingo 16 de octubre de 1938 en el Teatro Chueca de Madrid, en un acto organizado por el Grupo Sindical Socialista de Artes Gráficas madrileño, se celebraba una multitudinaria reunión del Partido Socialista, siendo el motivo principal de ella dar a conocer los importantes acuerdos tomados por su Comité Nacional. Ramón Lamoneda, Secretario General del PSOE, iniciaba su discurso con estas palabras:

     «Camaradas: Ha querido la Ejecutiva del Partido que sea aquí donde por vez primera se comenten públicamente los acuerdos que nuestro Comité Nacional adoptó en reciente fecha. Aquí como lugar más adecuado, y también mediante invitación, que he aceptado con gusto del Grupo Sindical de Artes Gráficas. Aquí, porque en Madrid, mi Partido, y en mi Partido, lo que fue su cuna, mi Arte de Imprimir, en el que milito sin pausa treinta años nada más, pero nada menos, con el historial de trabajo repleto y hoja limpia e inédita de sanciones».

     Abordó seguidamente palabras sobre política y tras unas primeras palabras sobre la gestión de la Ejecutiva, quiso hacer pública una noticia triste que acababa de conocer:

     «Hoy mismo nos trae la Prensa, entre otras, la triste noticia del fusilamiento de nuestro camarada Federico Angulo, y las oriflamas de nuestro Partido, rojas, ensangrentadas como esa noticia, son ésas las que nos están haciendo Partido. Federico Angulo era uno de aquellos hombres que, a título de socialista a secas, trabajaba en el grupo de redactores de nuestro periódico EL SOCIALISTA, y procurando precisamente en aquellos días llevar a todos la sensación del terrible peligro y de la grave amenaza que sobre todos se cernía. Federico Angulo, pluma bien cortada, conciencia bien limpia, espíritu bien animoso, tiró la pluma en Carranza, 20, y con un grupo de compañeros cogió el fusil para crear las Milicias de EL SOCIALISTA. ¿Qué importaba ya el texto de la hoja volandera si lo que se jugaba en la calle era el porvenir absoluto del país, del Partido, de todo? Y Federico Angulo fue una revelación, primero como militar; después como hombre.
     » Como militar, por su valor, por su pericia, por su arrojo no exento de serenidad, como quieren los cánones socialistas. Luchó en torno a Madrid y se aprestó a defender ese norte geográfico de España, que ha sido siempre para nosotros, los socialistas, norte espiritual, y allí, en su tierra, le atenazó la derrota, y cuando Federico Angulo compareció ante unos titulados jueces militares, que le pidieron qué tenía que declarar en su favor, Federico Angulo contestó: “Soy un teniente coronel del Ejército de la República; yo no os puedo decir más que una cosa: que vosotros no tenéis derecho a juzgarme a mí, que soy yo quien tiene derecho a juzgaros a vosotros”; y el propio fiscal reconoció que en aquel militar, a su juicio “militar rojo”, no había sólo un hombre inflamado por un espíritu revolucionario, sino que había un caballero. Y no en Santander, sino en Burgos, Federico Angulo ha sido fusilado.
     » Así hacen patria con los caballeros los hombres de Franco. ¡Con su pan se lo coman, que nosotros nos quedamos con el ejemplo de Federico Angulo para decir que sí, que tirando la pluma y cogiendo el fusil es como los hombres de más temple de nuestro Partido quieren conservar su pasado, cuidar su presente y asegurar su porvenir! ».

     Una salva de aplausos de los concurrentes a la reunión selló esas palabras, y tras ellas, continuó Lamoneda con su discurso acerca de los acuerdos tomados por el Partido en esa fecha desde la que ya se vislumbraba el final de la guerra. En aquel momento Ramón Lamoneda quiso recordar a un amigo y compañero de Partido. Poco tiempo después, hubieran podido celebrar ambos no solo su amistad, sino también su relación familiar, pero para Angulo ya no pudo ser.


     El motivo de esta pequeña entrada, a pesar de estar relacionada con Federico Angulo y personificada en la figura de Ramón Lamoneda, quiero que sea un sincero y cariñoso homenaje de mi parte a sus hijas, Dª Juana y Dª Marxina, que un día hace ya varios años me recibieron con los brazos abiertos y mostraron, y siguen mostrando, a pesar de la distancia, toda su amistad y cariño hacia la persona que esto escribe. Mil gracias a las dos y un fuerte abrazo

José Luis de Saralegui